Vincent van Gogh sábado, 23 de abril de 2011
viernes, 22 de abril de 2011
Real Madrid, campeón
Por el Real Madrid, (a pesar de no gustarme: Cristiano Ronaldo, Sergio Ramos, Mourinho, Valdano y Florentino Pérez)
jueves, 21 de abril de 2011
Experience Human Flight
Experience Human Flight from Betty Wants In on Vimeo.
Video grabado a cámara lenta con música de Antonio Salieri para una promoción de una escuela de paracaidismo en Melbourne.
Sobre los enamoramientos
La sombra de Shakespeare
Puede que sea la Semana Santa, pero a uno le ocurre, estos días, que recuerda a Stendhal en Civitavecchia: «De vez en cuando necesito mantener una conversación inteligente. Un libro, una novela es una conversación, un diálogo, un cruce de vidas y de asuntos. Al escritor que le falta talento —es decir, conversación— lo suple con la intensidad del sentimiento. En el caso de Javier Marías y su inteligentísima Los enamoramientos, hay talento, a raudales, y talento narrativo, y hay sentimiento. Talento para la reflexión, sentimiento para la pasión. La sombra de Shakespeare, del Macbeth al que anuncian la muerte de su mujer y él responde: «She should have died hereafter» («Debería haber muerto a partir de ahora») recorre esta espléndida novela y advierte, como el propio autor ha declarado, que «la mayor traición es que un amigo te difame».
La envidia, los celos, la difamación son los instrumentos con los que se construye esta inteligente trama de anhelos y miserias, y la presencia de los muertos (Joyce) en los avatares, en la memoria de los vivos, un jardín de odios y obsesiones, de amores y pérdidas que se bifurcan, como variaciones melancólicas, desengañadas a una melodía largo tiempo oculta. Después de la soberana y monumental trilogía Tu rostro mañana, Los enamoramientos es el pensamiento hecho estilo literario, tiempo verbal. Sí, la muerte es el final, no hay regreso, no hay nada, solo el misterio de la vida que dejaste y te dejó, y el resto es silencio, porque, como Duchamp, al final, siempre, los que se mueren son los otros. Soberbia novela.
FERNANDO R. LAFUENTE
Abc, 21 de abril de 2011
Puede que sea la Semana Santa, pero a uno le ocurre, estos días, que recuerda a Stendhal en Civitavecchia: «De vez en cuando necesito mantener una conversación inteligente. Un libro, una novela es una conversación, un diálogo, un cruce de vidas y de asuntos. Al escritor que le falta talento —es decir, conversación— lo suple con la intensidad del sentimiento. En el caso de Javier Marías y su inteligentísima Los enamoramientos, hay talento, a raudales, y talento narrativo, y hay sentimiento. Talento para la reflexión, sentimiento para la pasión. La sombra de Shakespeare, del Macbeth al que anuncian la muerte de su mujer y él responde: «She should have died hereafter» («Debería haber muerto a partir de ahora») recorre esta espléndida novela y advierte, como el propio autor ha declarado, que «la mayor traición es que un amigo te difame».
La envidia, los celos, la difamación son los instrumentos con los que se construye esta inteligente trama de anhelos y miserias, y la presencia de los muertos (Joyce) en los avatares, en la memoria de los vivos, un jardín de odios y obsesiones, de amores y pérdidas que se bifurcan, como variaciones melancólicas, desengañadas a una melodía largo tiempo oculta. Después de la soberana y monumental trilogía Tu rostro mañana, Los enamoramientos es el pensamiento hecho estilo literario, tiempo verbal. Sí, la muerte es el final, no hay regreso, no hay nada, solo el misterio de la vida que dejaste y te dejó, y el resto es silencio, porque, como Duchamp, al final, siempre, los que se mueren son los otros. Soberbia novela.
FERNANDO R. LAFUENTE
Abc, 21 de abril de 2011
miércoles, 20 de abril de 2011
martes, 19 de abril de 2011
lunes, 18 de abril de 2011
Javier Marías: «El mundo está cada vez más imbécil»
Una mujer muy hermosa ríe feliz junto a un hombre al que apenas se vislumbra. Es la imagen de portada –elegida por el propio autor– de su última novela Los enamoramientos, un regreso a la intimidad y a los afectos observados con el retorcimiento y la prosa magistral de Javier Marías.
Del «joven Marías» –como le llamaba su mentor Juan Benet– que dentro de unos meses cumplirá 60 años.
–¿El enamoramiento del título funciona como un espejismo, como algo falso del que no conoceremos jamás su realidad?
–En la novela hay tres o cuatro enamoramientos de diferente grado o nivel. Yo no creo que el enamoramiento sea el principio de un proceso. Creo que se puede estar enamorado durante años. Quería hablar de la conciencia de ese sentimiento y de sus consecuencias, de cómo puede provocar cosas muy nobles pero también atroces.
–La conciencia es posiblemente el gran tema de sus novelas.
–A mis novelas se las suele definir erróneamente como filosóficas porque en ellas hay digresiones , reflexiones y disquisiciones. Yo lo he llamado muchas veces pensamiento literario, lo que no quiere decir pensar sobre la literatura sino pensar literariamente sobre las cosas. Eso tiene sus ventajas porque uno se puede contradecir de una novela a otra y a veces incluso dentro de la misma obra. Esas reflexiones son percibidas como verdaderas, no porque aporten conocimiento sino más bien reconocimiento. Leemos y decimos: «Sí, eso es exactamente así».
–¿También le ocurre eso cuando escribe? ¿Descubre cosas que no sabía que sabía?
–En cierto sentido, sí. Eso ocurre cuando escribo literatura. Como articulista tengo muchas más certezas. Hay una dualidad. Me han dicho que alguien en Facebook se está preguntando si soy yo el que escribe mis artículos o tengo un negro. O por qué en la prensa soy un cascarrabias y en las novelas no.
–No creo que le sorprenda que le llamen cascarrabias.
–Pues yo no considero que sea muy de cascarrabias defender las libertades. Creo que estamos en un mundo antipático que las coarta. Se está acabando la espontaneidad de la vida. En fin... Reconozco que protesto por muchas cosas.
–Asume, pues, la intransigencia.
–Y también ser un cascarrabias. ¿Por qué no? Lo cierto es que el mundo está cada vez más imbécil y no me voy a privar de decirlo. Pero hay mucha gente que me sigue.
–Las mujeres en sus novelas han sido apenas una silueta borrosa.
–Así es. No lo he negado nunca. Durante años, como para denigrarme, hubo gente que me dijo que yo cultivaba una literatura para mujeres. Lo que no me extraña, porque ellas leen más que ellos. Cuando acabo una novela, mis primeros lectores son mi editora, mi agente y dos amigas. En total, cuatro mujeres.
–Y, sorpresa, aquí aparece su primera narradora femenina. Pero tiene una mente tan alambicada como la de los personajes que son el álter ego de Javier Marías.
–Nadie me ha dicho hasta el momento que esa mujer, María Dolz, resulte inverosímil. Lo que ella hace es observar, reflexionar y contar, y en eso hombres y mujeres no somos distintos. Yo me he criado en un entorno muy femenino. Tengo muchas amigas y he tenido novias. Son mujeres que observan piensan y reflexionan. No hay diferencias de género cuando se hace eso. A mí me gusta prestar rasgos míos a personajes más turbios u ominosos.
–Aquí hay un Javier que ha tenido muchas parejas, pero que nunca se ha casado. Como usted.
–Ya lo decía Woody Allen: lo mejor que le puede pasar a una pareja es que cada uno tenga su casa. Desde hace ya bastantes años tengo una pareja barcelonesa, que vive aquí. Yo resido en Madrid, nos vamos encontrando y no nos va mal. A ciertas edades es difícil cambiar de vida.
–¿No haber formado una familia ha sido una forma de controlar esa soledad necesaria para la escritura?
–Durante muchos años pensé que no me había casado porque siempre me enamoraba de personas con problemas que ya estaban casadas. Otras veces ocurría que vivían no ya en otras ciudades sino en otros países, y era muy difícil que uno u otro lo abandonara todo para trasladarse. En otras ocasiones, había un novio previo y la mujer tenía muchas dudas. Luego ya llegó un momento en que empecé a sospechar que todo esto nada tenía que ver con el azar y sí con mi forma de ser.
–En la novela se habla de cómo terminamos apartando a los muertos de nuestras vidas para poder seguir adelante.
-Es que los muertos, incluso las personas a las que más hemos querido, acaban convirtiéndose en una especie de lastre. Pesan demasiado y pueden llegar a asfixiarnos.
–Pero el escritor trabaja justamente con la idea de que será querido y admirado después de muerto, con la posteridad.
–¿La posteridad? No creo en ella. Hoy en día las cosas van tan rápido que lo que hoy es novedoso dentro de tres meses será viejo.
–Pero ahora acaba de reeditarse Los dominios del lobo, la novela que escribió con 19 años hace 40. Si eso no es permanecer...
–Bah. Es una tirada modesta para los curiosos y una novela simpática que no me provoca vergüenza, lo que ya es mucho. Es difícil que los escritores pervivan. Ocurre que hay gente que ha sido muy popular y a su muerte, sin su presencia física o su carisma, esa popularidad se difumina. Pienso en Umbral, por ejemplo, que no me parecía un buen escritor. Así que es lógico que una vez muerto no se le lea porque sus libros estaban inflados por su presencia.
–Y con esas expectativas nefastas respecto al futuro, ¿para qué seguir escribiendo? ¿Por qué luchar contra sus confesadas dudas e inseguridades?
–Escribo porque en algo tengo que ocupar el tiempo. Con 59 años nadie me daría un empleo ahora mismo. Y de algo hay que vivir. Escribiendo me lo paso bien... Y también mal, por supuesto, por esas dudas que menciona. Pero compensa.
ELENA HEVIA
El Periódico, 18 de abril de 2011
domingo, 17 de abril de 2011
sábado, 16 de abril de 2011
viernes, 15 de abril de 2011
jueves, 14 de abril de 2011
Alvar Núñez Cabeza de Vaca
miércoles, 13 de abril de 2011
martes, 12 de abril de 2011
lunes, 11 de abril de 2011
domingo, 10 de abril de 2011
Perjuicios de la vida transparente.Javier Marías
Tenía que suceder antes o después, aunque si alguien hubiera metido el episodio en una novela o película, la gente habría linchado al autor por tramposo, por tomar el pelo a los lectores o espectadores, por colar hechos inverosímiles, por chapucero y por facilón. Pero ya he dicho en más de una ocasión que la realidad es muy mala novelista, y que no hay más remedio que tragarse sus incongruencias, sus increíbles y constantes casualidades, sus baraturas y sus ramplonerías. Ocurren y ya está. Eso sí, los escritores y cineastas deberían llevar buen cuidado a la hora de incorporar a sus ficciones historias reales, a lo cual, por cierto, son cada vez más propensos. A menudo, cuando le he objetado a un colega que determinada circunstancia de una novela suya no había quien se la creyera, me ha contestado con ufanía: "Pues eso está tomado de la vida real, sucedió tal cual". Mi respuesta ha solido ser: "Me lo temía. Por eso no hay quien se lo crea en una novela, que se rige por leyes enteramente distintas que la realidad". Lo cierto es que, según relató en su día este diario, un joven paraguayo de diecinueve años, Óscar Eliseo C F, viajaba en autobús una noche de Málaga a Madrid, y, tal vez por aburrimiento -el trayecto dura seis horas-, sacó el móvil como todo el mundo y se puso a conversar. "Acabo de matar a un tío", le dijo a su interlocutor, con tan mala suerte que el pasajero del asiento contiguo resultó ser un policía nacional fuera de servicio. El agente, aprovechando una de las paradas o descansos, se comunicó con el 091 y solicitó una investigación express para que le averiguasen si lo que el incontinente paraguayo contaba por el móvil con bastante detalle se correspondía con algún crimen verdadero o era una mera invención. Las pesquisas surtieron efecto: unos días atrás se había producido un apuñalamiento mortal -hígado y páncreas- en el transcurso de una pelea multitudinaria en la Plaza de Murillo Carrera de la capital malagueña. Óscar Eliseo, muy astuto, había decidido poner tierra por medio, "borrar pistas, desvincularse del crimen y despistar a los investigadores". Por eso había cogido aquel autobús hacia Madrid, donde, nada más apearse, lo trincaron varios policías de paisano que llevaban ya un buen rato aguardándolo, con todos los datos del caso hilvanados, gracias a su desenfado verbal y a la mala pata de llevar al lado, entre todos los viajeros posibles, a un poli fuera de servicio. No es que Óscar Eliseo fuera un completo pardillo pese a su juventud: había tomado la precaución, tras cargarse a un individuo, de "esfumarse de la ciudad andaluza". Lo perdió el aburrimiento, me imagino -y no leer-, y sobre todo la costumbre, compartida por el 95% de la población, narcotizada o idiotizada por los móviles -como prefieran- en diferentes grados de narcotización o idiotización. Debo de ser uno de los pocos españoles que no los usan, porque los considero un instrumento de vigilancia y control; también de esclavización del que lo lleva; por último, una fuente de divulgación de los propios secretos. No sólo porque es facilísimo interceptar y escuchar las conversaciones de un móvil, sino porque -lo veo a diario- sus usuarios acaban por utilizarlo en cualquier momento y lugar y, una de dos: o se olvidan de que hay testigos auditivos a su alrededor, o eso les trae sin cuidado por la generalizada falta de pudor, el creciente desdén hacia las intimidades propia y ajena y el progresivo exhibicionismo de nuestra sociedad (quién sabe si Óscar Eliseo no pudo soportar no jactarse de su hazaña ante su interlocutor). Hoy oye uno en la calle, en los transportes públicos y en los restaurantes monólogos a voz en cuello que lo hacen ruborizarse, o le provocan rechazo hacia la persona que habla, o están a punto de causarle el vómito. A mí me han presentado a individuos a los que casi me he negado a darles la mano, porque previamente los había oído decir barbaridades, o contar miserias o chulerías, o soltar zafiedades, o descubrirse como émulos de Intereconomía o de Goebbels, en sus impúdicas charlas por el móvil, a pocos metros de mí. Luego aparece un conocido común y pretende que se haga uno amigo o por lo menos sea amable con ellos. Antes eso era factible, porque la gente disimulaba y mantenía reservas, algo sumamente conveniente para todos. Hoy la mayoría comete el error de mostrarse tal como es en un sitio público y delante de una multitud. Por las mismas fechas en que trincaron al incontinente paraguayo homicida, el FBI investigaba el robo de fotos comprometedoras guardadas en los teléfonos móviles personales de celebridades como Scarlett Johansson, Jessica Alba y las estrellas juveniles Miley Cyrus, Selena Gómez y Vanessa Hudgens; fotos que, por supuesto, habían pasado al instante a circular profusamente por Internet. Queda como leve incógnita por qué tantas de estas jóvenes famosas posan totalmente en cueros y llevan esas imágenes en sus móviles (es de suponer que para enseñarlas o enviarlas a amistades escogidas, pudiéndose admirar con parsimonia a diario en el espejo), pero si a un pirata le es tan fácil acceder a los contenidos de éstos y distribuirlos a discreción, la innegable utilidad de estos aparatos queda muy contrarrestada por los infinitos peligros a que nos exponen. A veces me pregunto si es que ya casi nadie tiene interés en resultar misterioso y guardar secretos. La vida transparente es lo menos atractivo que se puede imaginar, y encima es enormemente perjudicial. Que se lo digan a Óscar Eliseo, sin ir más lejos. JAVIER MARÍAS El País Semanal, 10 de abril de 2011
sábado, 9 de abril de 2011
viernes, 8 de abril de 2011
Arqueólogos con Google Earth

La herramienta de Google Earth ha resultado ser muy útil para localizar cerca de dos mil nuevos yacimientos arqueológicos en las inmediaciones de Arabia Saudí. David Kennedy de la Universidad de Western Australia afirma que se trata del nuevo “Indiana Jones tecnológico”.
Más de mil descubrimientos corresponden a tumbas de piedra de la antigua Arabia talladas con forma de lágrima, entre otros hallazgos. El australiano Kennedy ha publicado sus descubrimientos tras estar varios años escaneando alrededor de dos mil kilómetros cuadrados.
Las imágenes por satélite que proporciona la herramienta de Google ya han servido anteriormente para descubrir monumentos del antiguo Imperio Romano en el Reino Unido, el cráter Kamil en Egipto o un bosque con nuevas especies en Mozambique.
Más de mil descubrimientos corresponden a tumbas de piedra de la antigua Arabia talladas con forma de lágrima, entre otros hallazgos. El australiano Kennedy ha publicado sus descubrimientos tras estar varios años escaneando alrededor de dos mil kilómetros cuadrados.
Las imágenes por satélite que proporciona la herramienta de Google ya han servido anteriormente para descubrir monumentos del antiguo Imperio Romano en el Reino Unido, el cráter Kamil en Egipto o un bosque con nuevas especies en Mozambique.
jueves, 7 de abril de 2011
miércoles, 6 de abril de 2011
martes, 5 de abril de 2011
lunes, 4 de abril de 2011
domingo, 3 de abril de 2011
sábado, 2 de abril de 2011
Javier Marías. La ausencia y el azar
Los tres volúmenes de Tu rostro mañana dejaron a Javier Marías (Madrid, 1951) literariamente exhausto, tanto que llegó a plantearse si volvería a la ficción. Finalmente, ha salido del impasse con Los enamoramientos (Alfaguara), un libro que se resiste a ser encasillado en un solo género, como ocurre con muchas grandes novelas. Relatada en primera persona por una mujer -por primera vez, el autor de Todas las almas recurre a una narradora femenina-, es una obra sobre cuya trama conviene extenderse lo menos posible para no revelar nada que no deba ser revelado. Ambientado en el Madrid actual, es un libro que habla del amor, aunque ofrece una visión bastante cínica de los sentimientos, y de la ausencia, tiene su parte de misterio y su parte de humor. Una vez terminada, la novela abre puertas y más puertas y deja al lector dando vueltas sobre unas cuantas cuestiones esenciales, en algunos momentos es casi como un espejo que devuelve en forma de preguntas asuntos a los que nos enfrentamos a menudo en nuestra existencia. En su regreso, uno de los autores españoles de mayor proyección internacional, ha optado por arriesgar otra vez, por mezclar la sabiduría literaria destilada a lo largo de 13 novelas (11 si se cuenta Tu rostro mañana como una sola) con la tentación de escribir algo distinto a sus libros anteriores. Justo a los 40 años de su debut literario con Los dominios del lobo (Alfaguara), que se recupera con el prólogo que escribió en 1987. El escritor y académico acaba de publicar también el relato infantil Ven a buscarme (Alfaguara), con ilustraciones de Marina Seoane Pascual.
La entrevista tuvo lugar en su casa del centro de Madrid, donde el escritor habita rodeado de libros, figuritas de plomo, recuerdos -tiene varios retratos de Juan Benet, uno de sus maestros y referentes literarios- y su ya mítica máquina de escribir. A la vez que la novela, que sale a la calle el próximo miércoles, Marías editará en su pequeña editorial, Reino de Redonda, un relato de Balzac, El coronel Chabert, del que los personajes hablan varias veces a lo largo de la trama.
PREGUNTA. ¿No tuvo la tentación de volver a poner un título tomado de Shakespeare? Además, en esta novela hay una cita de Macbeth a la que sus personajes hacen referencia.
RESPUESTA. La verdad es que en esta ocasión no. Ya he puesto no sé si son cinco títulos que vienen de Shakespeare. Tampoco es que tenga un empeño. La verdad es que en un momento dado pensé en este título que se ha quedado, de una sola palabra, pero con el artículo, que es fundamental, porque Enamoramientos sería espantoso. Es una palabra tan de uso normal que me parecía un poco raro que no hubiera habido nunca un libro que se hubiera llamado así, y ahí sí me sirvió Internet, parece que no hay ningún libro que se haya llamado ni Los ni El enamoramiento. Es el primer libro que ha venido después de Tu rostro mañana, no soy quien para decir que sea el mejor, pero sí es el más ambicioso, aunque sólo sea en extensión, y el que me ha llevado más años, estuve entre ocho y nueve con los tres volúmenes, también tuve una cierta sensación, no de haber llegado al final de un camino, pero sí de que allí había un punto y aparte. Incluso tuve grandes dudas de si haría más novelas, porque en el momento de terminarlo me sentía muy exhausto y pensé que había dicho todo lo que tenía que decir dentro del campo de la novela. Tenía verdaderas dudas. Se cumplen 40 años de mi primera novela, Los dominios del lobo, y es inevitable hacer un poco de balance de uno mismo. Esta es mi decimotercera novela, si contamos como tres Tu rostro mañana, no he hecho tantas en 40 años. Es un largo periodo, son bastantes novelas, pero no muchísimas. Entonces, bueno, lo que sí he tenido es una cierta sensación de que han sido 40 años de tanteo y me temo que todos los que me puedan quedar de seguir escribiendo también lo van a ser. Supongo que hay escritores que tienen las cosas muy claras, que tienen proyectos literarios, ciclos novelísticos concebidos de antemano. Y yo me doy cuenta de que soy todo lo contrario de ese tipo de escritor, he ido haciendo, a tientas, he ido cambiando mucho. En cierto sentido, tuve la sensación de que uno va caminando y que en un momento dado se le ha acabado el camino. De manera que tampoco tenía mayor empeño, hay temas en esta novela que son de mi mundo, de mi territorio, pero digamos que tenía un poco la sensación de que podía no hacer ninguna novela más o hacer cualquier cosa.
P. Hay escritores de oficio, como Graham Greene o como Balzac, y hay otros escritores como usted que cuando acaban un libro nunca saben si van a hacer el siguiente. ¿Para usted es realmente cada novela una aventura literaria nueva que ni siquiera sabe si va a ser capaz de acabar?
R. Incluso de publicarla una vez terminada. Con Los enamoramientos he tenido una sensación de más inseguridad. Siempre tengo muchas inseguridades. Una de las cosas que si acaso me irritan de llevar 40 años cultivando esta actividad, no ejerciendo esta profesión porque nunca lo he visto como profesión, es que no he ganado nada en seguridad, debería tener una cierta confianza en mis recursos. Y no, nunca la tengo. Cuando termino un libro no hay un proyecto esperándome. Tengo que esperar a que se me condense algo, a que una historia me atraiga lo bastante como para ponerme a ella, mis historias además solamente cristalizan durante la propia escritura, nunca las tengo cabalmente en la cabeza antes de empezar, improviso mucho. Las historias crecen y se cuentan a la vez que las cuento.
P. Pero sí hay una serie de temas que aparecen de forma recurrente en sus libros.
R. Sí, son los temas que también me interesan en la vida.
P. Creo que en esta novela están la ausencia y el azar, el papel del azar en la vida, que es algo que aparece mucho en sus libros, esa sensación de que si uno agarra un tren u otro su vida puede cambiar.
R. Los enamoramientos, las historias amorosas, la gente tiende a verlas como algo que se ha producido de manera casi inevitable y no es así. Hablo de los enamoramientos verdaderos, no de la gente que en un momento de comodidad se empareja. Hay gente que piensa que estábamos destinados a encontrarnos. Y una de las reflexiones que aparecen en el libro es que todo eso no es más que el producto de una especie de sorteo o de rifa, al final del verano. Que uno se va encontrando con personas que pasan por ahí o que a su vez están libres, o que de pronto han pasado a estar libres y le consideran a uno o uno les considera a ellas. Depende de verdaderos azares, no suele haber nada grandioso en las historias amorosas sino que es más bien quién está libre, quién pasa por aquí, que número está libre, por seguir con la idea del sorteo, pero luego la gente tiene una tendencia a creer que eso ha sido una elección, que ha habido un elemento de voluntad, que uno ha decidido. Una de las cosas que aparecen en el libro es que en el fondo todos somos sustitutos de alguien, salvo quizás en la primera historia juvenil, y nosotros estamos sustituyendo a personas que se han perdido y es algo que casi nadie está dispuesto a aceptar.
P. En este sentido, el título puede ser interpretado como sarcástico, porque hay momentos en que su protagonista casi se ajusta a aquellos versos de Jacques Brel en Ne me quitte pas: “Quiero ser la sombra de tu sombra, la sombra de tu perro”.
R. Hay una especie de incondicionalidad en el amor que nos debilita. Hay una persona que nos debilita y normalmente es, hasta cierto punto, el tipo de aviso que se tiene para tomar plena conciencia del enamoramiento, porque creo que el enamoramiento no es un mero sentimiento, creo que hay una conciencia. Uno de los avisos de que eso sucede es justamente esa especie de debilidad que te produce esa persona, uno se siente a veces desarmado, empieza a dejar pasar cosas, a ser víctima de la incondicionalidad.
P. En cuanto al relato de Balzac, Los tres mosqueteros o la cita de Macbeth que aparecen en su novela, ¿la importancia que tiene la literatura en Los enamoramientos es la que tiene en la vida?
R. Nuestra vida está formada también por esas historias. Casi todo lo que se nos cuenta es real. Usted me cuenta una historia que le ha pasado aquí, quizás la tiene en un ámbito distinto al de las narraciones, pero yo que la escucho como un relato, para mí, a la postre, va a quedar en el mismo ámbito, en el mismo nivel que una novela o una película. Uno lee sobre el sitio de Stalingrado y sabe que ha sucedido y que es real y que es espantoso, pero el hecho de que nos lo cuenten lo iguala con las narraciones ficticias. Y en ese sentido aparece en la novela. No es en un sentido metaliterario. En realidad me irritan bastante las novelas que hablan de escritores, que hablan de libros o que son metaliterarias; es algo que me parece bastante amanerado, me recuerda a Ocho y medio, que es una película de Fellini que no me gusta nada, libros sobre literatos, creo que aquí no es así. Aquí las referencias son a historias, pero en los libros hay un tipo de historias que en la vida real no se dan o es muy difícil que se den.
P. En este libro se despacha a gusto con los escritores, también con usted mismo, cuando la editora protagonista cuenta cómo son. ¿Por qué?
R. Me incluyo también. La narradora trabaja en una editorial y eso forma parte de su caracterización y de la verosimilitud del personaje. Me parece normal que alguien que trabaja en una editorial tenga una cierta visión irrespetuosa de los escritores y totalmente desmitificada porque me temo que las gentes que trabajan en las editoriales están acostumbradas a ver a los escritores con sus pequeñas mezquindades, vanidades, aprovechamientos de las cosas. Hay un poco de guasa y hay alguna anécdota que no deja de ser verdad.
P. Los narradores no expresan lo que piensan a través de un libro, cuentan historias, ni siquiera tienen que estar de acuerdo con su propio protagonista, pero tengo la impresión de que esta novela sí tiene algo de novela moral en el sentido de que somete al lector a una serie de dilemas morales sobre los que acaba reflexionando, como ocurre por ejemplo con El fin del romance, de Graham Greene. ¿Está usted de acuerdo con esto?
R. Sí, evidentemente. Una de las cosas que el libro también refleja es una cierta perplejidad ante algunas cosas que sí comparto. Las novelas no dan respuestas, como se ha dicho mil veces. He citado muchas veces esa cita de Faulkner en la que decía que lo que hace la literatura es lo que hace una pobre cerilla cuando se la enciende en mitad de la noche en mitad de un campo. No sirve para iluminar nada, sólo sirve para ver un poco mejor cuánta oscuridad hay alrededor. La literatura nos muestra cuánta zona de sombra hay, pero no la iluminamos y aquellas novelas que son moralistas o pretenden dar una lección o que se saque una tesis son muy malas, es como ilustrar una idea a través de una especie de fábula. Me parece literatura mala, no me interesa. Una de mis perplejidades tiene que ver con la impunidad, que es uno de los temas del libro, es algo que subleva. Uno tiene a veces la sensación justiciera: esto debe ser conocido, castigado. Yo mismo la he tenido durante los años de la Transición. Recuerdo mi irritación en vista de que a nadie se le iba a castigar por lo sucedido durante la guerra y la larguísima posguerra, pero entonces eso no bastó a mucha gente. Había escritores en esos años, los ochenta, que empezaron a dar entrevistas en las cuales contaban mentiras sobre su actuación. Nadie les estaba pidiendo cuentas, no les basta con esto. Recuerdo un historiador famoso que había sido diplomático franquista en París y habló de aquellos años como un exilio, recuerdo de otro escritor que en una entrevista de prensa dijo que estuvo con el bando nacional porque la guerra le pilló en Galicia y dijo que si le hubiese agarrado en Madrid hubiese sido republicano. Pero yo sabía que le pilló en Madrid y que hizo todo lo posible por pasarse al bando nacional. Eso subleva. Pero también se plantea la duda de si las cosas se deben perpetuar y contarlas una vez y otra. Hay un momento en que la narradora dice en referencia a Los tres mosqueteros, a la flor de lis que lleva grabada el personaje de Milady de Winter: “Yo no quiero convertirme en la flor de lis de nadie”, porque esa flor de lis imborrable a menudo es causa de nuevas desgracias. Quizás es bastante con que las cosas sucedan y nada más que sucedan, si además se cuentan es como si siguieran perpetuándose. No lo sé. Porque por otro lado pienso que las cosas injustas deben saberse. Yo mismo no lo tengo claro, es un dilema que aparece sin solución. Ni yo como autor, que debo estar fuera de la novela propiamente dicha, ni por supuesto los personajes tienen una respuesta. Y esas son las cosas que me interesa reflejar cuando escribo novela. Puedo ser mucho más categórico en un artículo, aparentemente tengo las cosas más claras. El otro día alguien me decía: “Has escrito un artículo en el cual hablabas de la impunidad y decías que era horrible, pero luego en el campo de la novela puedes pensar que es necesario que haya cierta impunidad”. Como articulista puedo tener una postura más clara porque estoy en la vida real. Es una cosa curiosa, pero en las novelas es donde uno menos engaña. Como articulista, ahí está el ciudadano: uno es ciudadano, firma con su nombre, se hace responsable de sus opiniones, todos los que hacemos ese tipo de piezas periodísticas tenemos una cierta intención aleccionadora, pero el ciudadano no interviene en absoluto cuando es una novela, ahí no hay ciudadano que valga. Y ahí es donde se engaña menos, se habla de las cosas como son. No es que uno mienta en los artículos, hay un cierto voluntarismo de que las cosas reales sean mejores, y en cambio uno cuando transita por el territorio de la ficción no hay reglas, no se está hablando de la sociedad realmente, no habla uno, se vuelve en la voz de un narrador o de un personaje que no es uno, al que le puedes prestar cosas, pero no es uno. Ahí es donde se engaña menos.
P. Es cierto que su novela está llena de preguntas sin respuesta.
R. Otra de las cosas que el libro pone sobre la mesa es la imposibilidad de saber con certeza, casi nunca podemos saber con certeza nada, ni siquiera lo que nos atañe.
P. Creo que es un libro cínico en el sentido griego del término, que muestra las cosas como son, no como nos gustaría que fuesen.
R. Como son a veces, tampoco hay que decir que son siempre así. Muestra lo que no siempre queremos saber. Las novelas son donde uno menos se engaña, uno se engaña más en la realidad. A mí hay personas que me conocen bien, que me dicen que en mis novelas hay cosas de mucha fineza, que percibo muchas cosas, y que luego en la vida real no se entiende cómo no me entero de nada. Yo siempre contesto: “Por fortuna”. Si lo que logro averiguar en el transcurso de escritura de una novela o lo que llego a ver, a firmar, si eso lo aplicara a mi vida personal y a mi vida práctica sería un desastre, no podría vivir. Por fortuna, uno hace caso omiso de lo que ha averiguado en el campo de la ficción.
P. Y saliéndonos un poco del libro, un tema que aparece mucho en sus artículos es la protesta ante lo políticamente correcto. Usted es muy aficionado a las series, ¿le gusta Mad Men, que describe cómo era el mundo antes de lo políticamente correcto?
R. El otro día leí un artículo bastante largo en The New York Review of Books escrito por un ensayista, Daniel Mendelson, que no entendía cómo un artículo así, tan malo, estaba en una publicación prestigiosa. Es una serie que me gusta mucho, yo recuerdo esa época, la recuerdo bastante bien, recuerdo ese mundo, recuerdo los personajes, cuando salía un disco nuevo de Dean Martin, recuerdo que los niños o adolescentes de mi época estaban obsesionados con el Rat Pack, era el no va más de lo cool. Es un mundo que en cierto sentido añoro: en esta reseña larga había como una especie de condena de ese mundo, “mire qué malos eran nuestros padres, cómo fumaban las mujeres embarazadas”. Yo no veo que la serie vaya por ese lado; al revés, creo que hay una cierta nostalgia de un mundo quizás un poco más irresponsable, pero un poco menos estricto, estamos llegando a unos extremos en los cuales se está acabando con la espontaneidad de la vida.
P. ¿Y su resistencia a escribir en un ordenador tiene que ver con esto?
R. No, no hay ningún rechazo. En realidad, es que me gusta escribir sobre papel, sacar la hoja, corregirla a mano, hacer mis tachaduras, mis flechas, mis cambios. Me gusta volverla a teclear porque, aunque sea un trabajo y a veces las tecleo hasta cinco veces, o las que haga falta, cada vez que la tecleo no es como si la releo, la hago un poco más mía, la asumo, la apruebo y digo: “Vale, esto va”. Le doy el visto bueno.
GUILLERMO ALTARES
Publicado el 2 de abril de 2011 en Babelia.
viernes, 1 de abril de 2011
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