

Quiero oírte aunque sólo te quejes.
Pues aunque fueses sorda, necesitaría lo que dices
y aunque fueses muda, necesitaría lo que ves,
y aunque fueses ciega, seguiría queriendo verte.
Me has sido adjudicada como mi guardián,
el largo camino no está ni a medio recorrer,
¡considera la oscuridad en la que aún estamos!
Así que no me vale “¡Déjame, que estoy herida!”
Así que no me vale ningún “en cualquier sitio” y sí sólo un “aquí”;
el servicio no ha sido anulado, sino aplazado solo.
Bien lo sabes, no es libre quien se necesita
Yo, sin embargo, te necesito, sea como sea;
digo yo y podría también decir nosotros.
Bertolt Bretch.
Ausburgo 1898-Berlín 1956
Ya estaba. Ahora ya no iba a chulearle más. Ahora ya era suya por los siglos de los siglos, y amén. Porque estaba muerta, y porque era él quien le había arrancado la vida. No se merecía menos; el tamaño de la falta, no aceptar que su primer deber era cumplir la voluntad de su hombre, justificaba el castigo. El engorro, pensó entonces, era que cuando se acababa con una persona quedaba siempre un residuo indeseable y molesto: el cadáver. Ella ya no era nada, pero allí permanecía, sobre el suelo, ese despojo de carne, huesos y sangre del que había que disponer de alguna forma. Por un momento, la ira le hirvió en las venas. Ella, su ingrata y al fin desechada Carmen, debería haberse volatilizado después de dejar de servirle; después de forzarlo a tomar la medida extrema de liquidarla. Pero no, ahí estaba su carcasa vacía, haciéndole sentir con esos ojos abiertos a la nada que incluso muerta iba a seguir dándole por saco. Pues no; no iba a salirse con la suya. Sin cuerpo del delito no hay crimen. Sin cadáver no hay asesino, o eso decían siempre en las películas. Y también había visto en la tele lo de aquella chica de Sevilla, a la que habían tirado a la basura o al río, ya no se sabía, y que había desaparecido sin dejar rastro. Allí no había río, pero siempre hay un vertedero. Y lo que el monstruo de la basura se traga, ya no lo encuentra nadie. Él lo sabía, que había trabajado unos meses en una contrata de recogida de residuos. En teoría había que ir depositando los cargamentos en un polígono previamente señalado, donde luego podían rastrearse los desechos de cada día. En la práctica, cuando el conductor llegaba al vertedero, después de toda la noche rodando por ahí y volcando contenedores en las fauces del camión, estaba tan hasta las pelotas que descargaba donde le salía de ahí mismo. Para descuartizarla empleó lo primero que tenía a mano. Al principio le costó un poco, nunca había troceado un cuerpo humano y eso siempre da alguna aprensión. Pero en cuanto se fue soltando, dio vía libre a su rabia. Le cortó un par de dedos y se los metió en la boca. Le rajó el tórax y le arrancó los pulmones. La dejó irreconocible, y fue todo un desahogo. Por todas las veces que ella se había hecho la lista. Como cuando le había insinuado que podía acabar como sus dos parejas anteriores, con una orden de alejamiento y a las malas en la cárcel. Lo que no sabía ella era que él ya le había dado a cuchilladas una lección a otra sabihonda, y que no le iba a dejar la más mínima oportunidad de ponerle una denuncia. Cuando la tuvo metida en cuatro bolsas, y echó cada una en un contenedor diferente, respiró aliviado. Era una pena que el amor acabara así, en el contenedor. Pero no iba a arruinarse la vida por ella. Todo se fue al carajo por la crisis. Por su culpa la gente rebuscaba ahora en la basura. Así encontraron tres de las bolsas, y de ahí dedujeron lo demás. La muy zorra lo había hecho. Aun después de muerta, se las había arreglado para joderle.
La Unión Europea ha premiado el programa español de recuperación del lince ibérico por considerarlo uno de los que mejores resultados está dando entre los muchos que se llevan a cabo en diversos países con cargo a los presupuestos de la UE.
studio de los Mamíferos (SECEM).
FERNANDO SAVATER 23/06/2009
Se publica en castellano la tercera parte de Millenium, de Stieg Larsson, y se multiplican los intentos de descifrar el secreto del éxito de esta serie. Naturalmente, el único secreto de los best sellers es que gustan a más lectores que el común de los libros: si hubiera otra clave del éxito, no se escribirían en el mundo más que best sellers. Después de profundas reflexiones, he llegado a la conclusión de que a los best sellers les viene bien tener muchas páginas (ya sé que El niño del pijama a rayas es una excepción, pero no me pidan normas sin excepciones). Los libros de Larsson tienen tramas interesantes -es decir, son cuentos de hadas modernos- pero además son larguísimos. El segundo tiene al comienzo por lo menos cien páginas que parecen un catálogo de Ikea y mucho, muchísimo relleno. No deja de ser curioso que en nuestro mundo de zapping se pida concisión y elipsis en la imagen pero se consienta el desbordamiento inacabable en los escritos. Enigmas del gusto popular...
Lo que a todos resulta evidente es que el mayor acierto de los libros de Larsson es el personaje de Lisbeth Salander, representante de una feminidad nada convencional, polivalente y cuando llega el caso implacablemente agresiva. Pasaron los tiempos de heroínas que lloran y gritan pidiendo socorro, pero también el de las que encarnan siempre formas protectoras carentes de tinieblas y hasta perversidad eficaz. Ahora las de mayor aceptación no son víctimas del monstruo sino en cierta forma monstruos ellas mismas: encarnaciones de lo sobrenatural ambiguo y no sólo de la naturaleza maternal.
Así es por ejemplo la niña/niño castrado vampiro de la muy sugestiva novela Déjame entrar, de John Ajvide Lindqvist (editorial Espasa), que ha sido llevada al cine de forma lograda. Si les gustó la película, no se pierdan el libro; y si no la han visto en cine, léanla primero y luego vayan a verla. Pero no todo son vampiros en este mundo, gracias a Dios: también hay hombres lobo. Y mujeres lobas que comparten con sus machos los problemas de su condición maldita sin privarse de compensaciones eróticas a su desasosiego, como la protagonista de Cry wolf, de Patricia Briggs (editorial Versátil), primera entrega de la saga Alfa y Omega. El macho alfa y la hembra omega, en fin, ustedes dirán...
Y luego están las niñas fantasmas, como la que protagoniza Lo que perdimos, primera novela de la inglesa de origen irlandés Catherine O'Flynn (editorial Seix Barral), amable espectro que alarma un centro comercial de Birmingham, cuyos múltiples usuarios son descritos de un modo algo moroso para mi gusto. Mucho más interesante me resulta la historia de Tamsin (editorial Nabla), inventada por el especialista en el género Peter S. Beagle (autor de El último unicornio). Un cuento bastante sobrecogedor de la amistad entre dos niñas, una viva y otra fantasmal, amenazadas por el amor posesivo de otro espectro inquisitorial... Quienes han disfrutado con Harry Potter y sus compañeros no deberían perdérsela. Por lo demás, estos relatos confirman de sobra el viejo dicho: que las chicas buenas van al cielo, pero las malas a todas partes...
llas, el crepitar del corazón y el alma humanos.

Más de 40.000 Soldados lo construyeron.
155 kms. de longitud total.
43,1 kms. sobre Berlín.
5.043 Personas lograron cruzarlo.
29 lo hicieron bajo tierra -financiados por una cadena de TV de EEUU a cambio de la primicia
-1 Globo aerostático fue el medio elegido para una huída desesperada, pero exitosa.


3.221 Arrestados.
239 Asesinados.
24 años tenía la primer víctima.
547 Militares huyeron.
28 años Permaneció firme ante el horror.
09/11/89 Fecha en la que comenzó la caída.
19 años tenía el primer soldado que huyó después de la caída.
El 13 de agosto de 1961 comenzaron a levantarse las barreras y a cortarse las comunicaciones entre la parte oriental y la occidental de Alemania. El día 18, más de 40.000 soldados de la República Democrática Alemana (RDA) empezaron a construir el muro propiamente dicho. Los berlineses amanecieron con la visión de los ladrillos que les separaban de sus familias y amigos del ‘otro lado’. Muchos de ellos reaccionaron a tiempo y pudieron abandonar la ciudad clandestinamente.Una barrera de hormigón de 47 kilómetros de largo y cuatro metros de alto se interpuso entre vecinos y dio lugar a dos formas de vida diferentes. Con el tiempo, el 'telón de acero' llegó a tener una longitud de 169 kilómetros (111 de cemento y 58 de alambrada).
De los muchos puntos que constituyeron el Muro de Berlín hay uno que ha pasado a la Historia de una manera particular: el puesto de Checkpoint Charlie, puerta de entrada al sector aliado.
El 9 de noviembre, el Politbüro de la República Democrática Alemana (RDA) levantó oficialmente la prohibición de pasar al 'otro lado'. Los ciudadanos de Berlín oriental se lanzaron a la calle provistos de martillos y comenzaron a derribar el muro.

El Muro de Berlín no desapareció por completo el 9 de noviembre. Cientos de pedazos viajaron desde la capital alemana a los lugares más diversos como, por ejemplo, la Quinta Avenida de Nueva York.