
domingo, 24 de octubre de 2010
sábado, 23 de octubre de 2010
Estampas japoneses en la Biblioteca Nacional

En 1993 la Bibilioteca Nacional de España realizó una exposición en lo que mostró sus fondos de grabado japonés (ukiyo-e, literalmente, imágenes del mundo flotante). Estas xilografías fueron extremadamente populares durante el shogunato Tokugawa (1603-18
68) e influyeron decisivamente en el arte europeo a partir del XIX.
68) e influyeron decisivamente en el arte europeo a partir del XIX.Ver más en:
viernes, 22 de octubre de 2010
Félix de Azúa. Nueva edición de ""Historia de un idiota contada por él mismo" y "Diario de un hombre humillado"

Prólogo que figura en la nueva edición de "Historia de un idiota contada por él mismo" y "Diario de un hombre humillado". Ambas las reedita ahora Anagrama juntas en un bello volumen de color rojo. La colección lleva el título de "Otra vuelta de tuerca"
Hablemos de literatura un poco
Es cierto que ahora pasan los días y los meses sin que apenas nos den la oportunidad de observarlos y tomarles el pulso, pero es porque van cayendo como escombros líquidos en un sumidero opaco. Vemos asomar el año por el horizonte y en menos de un guiño ya ha desaparecido con un gorgoteo siniestro. Para cuando serenamos el aturdimiento hemos llegado al siglo XXI y consumido su primera década. Por el contrario, en aquellos años del siglo XX, durante la década de los ochenta, no es que el tiempo fuera más lento o más rápido o la vida más sencilla y otros tópicos, sino que a diferencia del tiempo actual entonces pasaban cosas y los sucesos son los que marcan el ritmo. No es lo mismo tener dieciocho años el 14 de abril de 1789 que el mismo día en 1814. Para el primero la existencia tendrá un ritmo lento y majestuoso como el redoble que adorna el ascenso a la guillotina, para el segundo el tedio de la Restauración hará que las horas se escurran como arena entre los dedos, es el tiempo del spleen.
Aletargados por cuarenta años de estupidez política moría Franco en 1975 y con redoble de tambores (sin guillotina) se hundía el Régimen, surgía de la nada la democracia, se producía un golpe de estado tabernario y para acabarlo de arreglar los socialistas se hacían con el poder. Todo con la cadencia pausada del alegreto de la Séptima. Ritmo cruzado de marcha fúnebre y ataque de caballería.
En mi caso el Régimen no acabó hasta 1982, el día en que Felipe González ganó las elecciones. Lo anterior no contaba. Ninguno de mis amigos o conocidos de entonces consideraba que Suárez o Calvo Sotelo significaran un verdadero cambio de Régimen. "Los mismos perros con distintos collares" era la frase repetida hasta la nausea por toda la inteligencia del país, siempre tan inteligente. No era cierto que en España se hubiera establecido una democracia y nuestras risas sarcásticas si alguien alababa los gobiernos de UCD estaban cargadas con el alcohol de la superioridad moral. ¿Qué sabrían aquellos derechistas, integrados, corruptos, trepadores, fachas que defendían la transición? Naturalmente nos equivocábamos de un modo grotesco, pero es que al fin y al cabo éramos un producto de la educación franquista y lo veíamos todo según un prisma visceral, sectario y cainita. No han cambiado mucho las cosas entre la gente que aún sigue creyéndose el epicentro de la moralidad. La diferencia es que ahora cobran nómina por creerlo.
El cambio de Régimen nos transformó. De golpe se acababan las excusas y nos quedábamos a solas con nuestros argumentos. Ya no podíamos justificar las mentiras, molicies, ineficacias, infantilismos e irresponsabilidades con el auxilio de la lucha antifranquista, la represión del establishment (una palabra muerta) o el próximo derrumbe del capitalismo. Ante nuestras viejas banderas manchadas de vino ya nadie inclinaba la cerviz, así que había que espabilar. Quien no fuera capaz de inventar su propia vida ya no podría seguir presentándose como el héroe de algún colectivo grandilocuente, Bandera Roja, el Partido del Trabajo, el PSUC, gracias al cual una Teresa bobalicona aún pudiera interesarse por un avispado Pijoaparte. La comedia había terminado y los movimientos colectivos serían, a partir de aquel momento, o bien negocios mafiosos o bien refugios eclesiásticos. La democracia estaba asentada y partidos y sindicatos podían dedicarse a saquear al Estado.
En la literatura iba a suceder algo similar. Durante la Guerra Fría fue un principio indudable que debíamos negar todo acceso al placer a la burguesía, principio rigurosamente desarrollado por Theodor W. Adorno en su estética negativa y repetido mecánicamente por todos aquellos que no lo habían leído. Al mismo tiempo era menester liberar al proletariado de su enajenación. El resultado fue la así llamada "literatura experimental" que dejaba perfectamente indiferente a la burguesía, la cual prefería leer a Le Carré, y al proletariado que bastante tenía con la prensa deportiva. Yo había cometido mucha literatura experimental, pero el advenimiento del socialismo me persuadió de que había que echar el telón. La Guerra Fría, aún cuando buena parte de la izquierda española aún lo ignora, había terminado. Poco después Felipe nos metió en la OTAN por si cabía alguna duda. Así se forjó el estilo de la primera novela aquí recogida.
Curarse de la literatura experimental no fue asunto cómodo. Comencé con una novelita histórica, "Mansura", por la que sigo teniendo cariño. Se editó en 1984 y fue mi primer intento figurativo. Me propuse después una glosa de lo que había sido el tránsito de un español de mi edad hacia la decepción, ese proceso que nos había conducido de la dictadura franquista al socialismo democrático, a pesar de habernos pasado décadas y más décadas exigiendo una dictadura estalinista. O maoísta, aunque esto creo que sólo fructificó en Cataluña y algún pueblecito de la provincia de Granada, lugares donde se producen los fenómenos políticos más pintorescos.
La historia de aquel idiota que había creído en todas las mentiras ideológicas con el único fin de no tener que comprometerse con su propia vida y empuñar su responsabilidad, apareció en 1986. Que era un resultado del fin de la Guerra Fría me lo demostró el hecho de que también alcanzara cierta notoriedad fuera de España, en lugares tan alejados de nuestra experiencia política y vital como Holanda o Noruega. Algo compartíamos ya muchos europeos en aquellos años, fuéramos de donde fuéramos. Creo que a mediados de los Ochenta apuntaba ya el anuncio de ese final cuya fiesta se celebraría un poco más tarde, cuando en 1989 cayó el muro de Berlín. Y desde luego "cayó", nadie lo derribó, así como Franco "se murió" y no hubo quien lo matara a pesar de la cantidad de antifranquistas que siguen hoy chuleando por los servicios prestados.
El final del lenguaje político beocio, de las marionetas ideológicas, de los aparatchiks, de la indefinida pero no por ello menos estulta hostilidad contra "la burguesía", suponía un desafío para la Europa que se había acomodado a los dos poderes planetarios y a la inoperancia disfrazada de humanismo. Me pareció, por tanto, un buen momento para dibujar aquel personaje (¡tan europeo!) que había admirado a los locos, los criminales, los marginales, los asociales, los maníacos, los terroristas, gracias a un resto de cristianismo putrefacto salteado con ajo en la sartén de Nietzsche o (lo más común) de Foucault. Un modelo que los italianos habían llevado a sublime diseño en los llamados "años de plomo". De ahí surge el estilo de la segunda novela aquí reunida.
Ese fue el diario de un hombre realmente humillado por los demás y por sí mismo. Un pobre tipo que continuaba creyendo, a la manera de las vanguardias románticas, que sólo "desde el exterior" de la sociedad y en guerra contra ella se puede llevar una vida digna. Excusa banal que se venía abajo cada vez que al tremendo rebelde le ofrecían una beca. Y sin embargo, excusa que sigue siendo la más frecuente en todos los currículos que se envían al ministerio o a la consejería de cultura cada vez que se solicita una subvención: "Soy un luchador inconformista, solidario y sostenible, etcétera". El marginal, el criminal, el asocial, el enemigo feroz de todo lo burgués, vive, en la actualidad, de nuestros impuestos. Ha resultado el producto intelectual más barato y más fácil de integrar de cuantos compra el Estado. Era lo que yo deseaba contar en aquel Diario y podría volverse a contar hoy mismo.
Con estas dos novelas pasé la frontera de la mayoría de edad, la cual no me llegó hasta haber cumplido los treinta. Bien es verdad que nuestros mejores representantes, los Rolling Stones, nos habían aconsejado "no fiarnos de alguien que ya ha cumplido los treinta años". Tenían toda la razón y en estas dos novelas trataba yo de explicarlo.
Hoy, leídas a considerable distancia, me parece que siguen retratando adecuadamente a una generación que no cargó con culpa ninguna a pesar de su inepcia y que todavía controla registros poderosos de aquello que más odiaba: el establishment, esa palabra muerta. Una generación de señoritos, hubieran nacido en cunas o bajo los puentes, que se creyó llamada a dirigir la revolución y acabó dirigiendo un departamento municipal.
Hablemos de literatura un poco
Es cierto que ahora pasan los días y los meses sin que apenas nos den la oportunidad de observarlos y tomarles el pulso, pero es porque van cayendo como escombros líquidos en un sumidero opaco. Vemos asomar el año por el horizonte y en menos de un guiño ya ha desaparecido con un gorgoteo siniestro. Para cuando serenamos el aturdimiento hemos llegado al siglo XXI y consumido su primera década. Por el contrario, en aquellos años del siglo XX, durante la década de los ochenta, no es que el tiempo fuera más lento o más rápido o la vida más sencilla y otros tópicos, sino que a diferencia del tiempo actual entonces pasaban cosas y los sucesos son los que marcan el ritmo. No es lo mismo tener dieciocho años el 14 de abril de 1789 que el mismo día en 1814. Para el primero la existencia tendrá un ritmo lento y majestuoso como el redoble que adorna el ascenso a la guillotina, para el segundo el tedio de la Restauración hará que las horas se escurran como arena entre los dedos, es el tiempo del spleen.
Aletargados por cuarenta años de estupidez política moría Franco en 1975 y con redoble de tambores (sin guillotina) se hundía el Régimen, surgía de la nada la democracia, se producía un golpe de estado tabernario y para acabarlo de arreglar los socialistas se hacían con el poder. Todo con la cadencia pausada del alegreto de la Séptima. Ritmo cruzado de marcha fúnebre y ataque de caballería.
En mi caso el Régimen no acabó hasta 1982, el día en que Felipe González ganó las elecciones. Lo anterior no contaba. Ninguno de mis amigos o conocidos de entonces consideraba que Suárez o Calvo Sotelo significaran un verdadero cambio de Régimen. "Los mismos perros con distintos collares" era la frase repetida hasta la nausea por toda la inteligencia del país, siempre tan inteligente. No era cierto que en España se hubiera establecido una democracia y nuestras risas sarcásticas si alguien alababa los gobiernos de UCD estaban cargadas con el alcohol de la superioridad moral. ¿Qué sabrían aquellos derechistas, integrados, corruptos, trepadores, fachas que defendían la transición? Naturalmente nos equivocábamos de un modo grotesco, pero es que al fin y al cabo éramos un producto de la educación franquista y lo veíamos todo según un prisma visceral, sectario y cainita. No han cambiado mucho las cosas entre la gente que aún sigue creyéndose el epicentro de la moralidad. La diferencia es que ahora cobran nómina por creerlo.
El cambio de Régimen nos transformó. De golpe se acababan las excusas y nos quedábamos a solas con nuestros argumentos. Ya no podíamos justificar las mentiras, molicies, ineficacias, infantilismos e irresponsabilidades con el auxilio de la lucha antifranquista, la represión del establishment (una palabra muerta) o el próximo derrumbe del capitalismo. Ante nuestras viejas banderas manchadas de vino ya nadie inclinaba la cerviz, así que había que espabilar. Quien no fuera capaz de inventar su propia vida ya no podría seguir presentándose como el héroe de algún colectivo grandilocuente, Bandera Roja, el Partido del Trabajo, el PSUC, gracias al cual una Teresa bobalicona aún pudiera interesarse por un avispado Pijoaparte. La comedia había terminado y los movimientos colectivos serían, a partir de aquel momento, o bien negocios mafiosos o bien refugios eclesiásticos. La democracia estaba asentada y partidos y sindicatos podían dedicarse a saquear al Estado.
En la literatura iba a suceder algo similar. Durante la Guerra Fría fue un principio indudable que debíamos negar todo acceso al placer a la burguesía, principio rigurosamente desarrollado por Theodor W. Adorno en su estética negativa y repetido mecánicamente por todos aquellos que no lo habían leído. Al mismo tiempo era menester liberar al proletariado de su enajenación. El resultado fue la así llamada "literatura experimental" que dejaba perfectamente indiferente a la burguesía, la cual prefería leer a Le Carré, y al proletariado que bastante tenía con la prensa deportiva. Yo había cometido mucha literatura experimental, pero el advenimiento del socialismo me persuadió de que había que echar el telón. La Guerra Fría, aún cuando buena parte de la izquierda española aún lo ignora, había terminado. Poco después Felipe nos metió en la OTAN por si cabía alguna duda. Así se forjó el estilo de la primera novela aquí recogida.
Curarse de la literatura experimental no fue asunto cómodo. Comencé con una novelita histórica, "Mansura", por la que sigo teniendo cariño. Se editó en 1984 y fue mi primer intento figurativo. Me propuse después una glosa de lo que había sido el tránsito de un español de mi edad hacia la decepción, ese proceso que nos había conducido de la dictadura franquista al socialismo democrático, a pesar de habernos pasado décadas y más décadas exigiendo una dictadura estalinista. O maoísta, aunque esto creo que sólo fructificó en Cataluña y algún pueblecito de la provincia de Granada, lugares donde se producen los fenómenos políticos más pintorescos.
La historia de aquel idiota que había creído en todas las mentiras ideológicas con el único fin de no tener que comprometerse con su propia vida y empuñar su responsabilidad, apareció en 1986. Que era un resultado del fin de la Guerra Fría me lo demostró el hecho de que también alcanzara cierta notoriedad fuera de España, en lugares tan alejados de nuestra experiencia política y vital como Holanda o Noruega. Algo compartíamos ya muchos europeos en aquellos años, fuéramos de donde fuéramos. Creo que a mediados de los Ochenta apuntaba ya el anuncio de ese final cuya fiesta se celebraría un poco más tarde, cuando en 1989 cayó el muro de Berlín. Y desde luego "cayó", nadie lo derribó, así como Franco "se murió" y no hubo quien lo matara a pesar de la cantidad de antifranquistas que siguen hoy chuleando por los servicios prestados.
El final del lenguaje político beocio, de las marionetas ideológicas, de los aparatchiks, de la indefinida pero no por ello menos estulta hostilidad contra "la burguesía", suponía un desafío para la Europa que se había acomodado a los dos poderes planetarios y a la inoperancia disfrazada de humanismo. Me pareció, por tanto, un buen momento para dibujar aquel personaje (¡tan europeo!) que había admirado a los locos, los criminales, los marginales, los asociales, los maníacos, los terroristas, gracias a un resto de cristianismo putrefacto salteado con ajo en la sartén de Nietzsche o (lo más común) de Foucault. Un modelo que los italianos habían llevado a sublime diseño en los llamados "años de plomo". De ahí surge el estilo de la segunda novela aquí reunida.
Ese fue el diario de un hombre realmente humillado por los demás y por sí mismo. Un pobre tipo que continuaba creyendo, a la manera de las vanguardias románticas, que sólo "desde el exterior" de la sociedad y en guerra contra ella se puede llevar una vida digna. Excusa banal que se venía abajo cada vez que al tremendo rebelde le ofrecían una beca. Y sin embargo, excusa que sigue siendo la más frecuente en todos los currículos que se envían al ministerio o a la consejería de cultura cada vez que se solicita una subvención: "Soy un luchador inconformista, solidario y sostenible, etcétera". El marginal, el criminal, el asocial, el enemigo feroz de todo lo burgués, vive, en la actualidad, de nuestros impuestos. Ha resultado el producto intelectual más barato y más fácil de integrar de cuantos compra el Estado. Era lo que yo deseaba contar en aquel Diario y podría volverse a contar hoy mismo.
Con estas dos novelas pasé la frontera de la mayoría de edad, la cual no me llegó hasta haber cumplido los treinta. Bien es verdad que nuestros mejores representantes, los Rolling Stones, nos habían aconsejado "no fiarnos de alguien que ya ha cumplido los treinta años". Tenían toda la razón y en estas dos novelas trataba yo de explicarlo.
Hoy, leídas a considerable distancia, me parece que siguen retratando adecuadamente a una generación que no cargó con culpa ninguna a pesar de su inepcia y que todavía controla registros poderosos de aquello que más odiaba: el establishment, esa palabra muerta. Una generación de señoritos, hubieran nacido en cunas o bajo los puentes, que se creyó llamada a dirigir la revolución y acabó dirigiendo un departamento municipal.
jueves, 21 de octubre de 2010
miércoles, 20 de octubre de 2010
Los pergaminos del Mar Muerto se colgarán en internet.


Más de tres mil fragmentos manuscritos de dos mil años de antigüedad estarán disponibles en Internet gracias a un proyecto de digitalización que permitirá su acceso completamente gratuito para todo el mundo. Los textos serán imágenes de alta calidad y estarán disponibles en los idiomas originales, hebreo, arameo, griego y también en inglés.
Los pergaminos del Mar Muerto fueron descubiertos en 1947 ocultos en unas cuevas en el desierto de Judea por unos pastores beduinos. Fue uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes del siglo XX.
Los responsables del proyecto están utilizando unas técnicas que revelan letras, inscripciones o palabras que pueden haber desaparecido con el tiempo para seguir estudiando los orígenes del judaísmo y del cristianismo.
Los pergaminos del Mar Muerto fueron descubiertos en 1947 ocultos en unas cuevas en el desierto de Judea por unos pastores beduinos. Fue uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes del siglo XX.
Los responsables del proyecto están utilizando unas técnicas que revelan letras, inscripciones o palabras que pueden haber desaparecido con el tiempo para seguir estudiando los orígenes del judaísmo y del cristianismo.
martes, 19 de octubre de 2010
Alérgicos al arrepentimiento. Javier Marías
Aquí donde me leen, con mis artículos anuales en deploración de la abusiva Semana Santa española y mis ocasionales escaramuzas con la igualmente abusiva jerarquía católica, de vez en cuando me carteo con un religioso, Dom Hilari Raguer, octogenario monje de Montserrat con muchos conocimientos y no poco sentido del humor, autor de notables libros de Historia como La pólvora y el incienso, sobre la Iglesia y la Guerra Civil, y de un ameno Informe confidencial sobre los monjes de Montserrat, en el que cuenta cómo viven y reparten la jornada. Hace un mes le envié un volumen editado por mí, La expedición de Ursúa y los crímenes de Aguirre, crónica de las fechorías del famoso Lope de Aguirre (el título no se refiere a Esperanza, válgame Dios), escrita en 1821 por Robert Southey, contemporáneo y enemigo de Lord Byron. Me contestó diciéndome que no había podido dejar de leerlo, robándole horas al escaso sueño que se permiten los monjes: “Esta mañana me dormía en el rezo de maitines. Menos mal que ya casi lo he terminado. Ahora me toca ir a confesar, pero como por suerte o por desgracia en estos tiempos hay poca gente arrepentida, terminaré la lectura en el confesonario. ¿Y si se me presentara, arrepentido, Aguirre?”
Sin duda Dom Hilari no se atrevería a jurar que la gente se arrepienta poco hoy en día; lo que sí sabe es que se confiesa rara vez. Pero su comentario coincide absolutamente con algo que vengo observando y que ya he señalado aquí, de pasada. Huelga decir que, al no ser yo creyente, ni me confieso ni me parece extraño que no lo haga la gente en general. Sí me lo parece más que se abstengan quienes se declaran católicos, y en todo caso me llama la atención desde hace tiempo el enorme desprestigio de que goza el arrepentimiento, más allá de su dimensión religiosa, a la que en modo alguno se limita el concepto. Si ustedes hacen memoria, habrán leído u oído numerosas entrevistas con personajes públicos en las que, antes o después –la pregunta debe de ser recurrente por parte de los periodistas–, manifiestan con invariable brutalidad (ya se trate de políticos, actores, escritores, cantantes o banqueros): “No me arrepiento de nada. Cuanto he hecho lo volvería a hacer. No tengo nada que lamentar”. Siempre me quedo perplejo, pese a la reiteración. ¿Nadie se arrepiente de nada, cuando esa es una de nuestras más frecuentes reacciones, al menos en nuestro fuero interno? No sé, son tantas las veces en que uno lamenta haber hecho o no hecho una cosa, haber dicho unas palabras que han herido o que sólo han traído resquemor, haber o no tomado tal o cual decisión, haber descartado esto o aquello, no haberse atrevido a dar un paso, haberse o no casado con tal persona, haber perdido una amistad, no haber estado más atento a quien ya murió o no haber hablado más con él … Yo suelo encontrar casi a diario algún motivo de arrepentimiento, aunque la mayoría sean, por suerte, de carácter menor.
Supongo que no pertenezco a mi época, una vez más. Parece como si la gente actual –sobre todo la española– considerase arrepentirse una bajeza o una blandenguería, un signo de debilidad, un menoscabo de su figura, una humillación. Hasta quienes tendrían más razones para hacerlo: raro es hoy el asesino que expresa arrepentimiento, y desde luego no lo verán en ningún terrorista; raro es el negligente que ha causado una o varias muertes que lamente su descuido y aparezca abrumado por las consecuencias de su error o su distracción: estará demasiado ocupado en buscarse descargos o en intentar echar la culpa a otros, a menudo de manera cínica y rocambolesca. Quizá no es tan extraño el fenómeno si pensamos que la nuestra es una sociedad educada desde la infancia en la evitación de las responsabilidades. Ni siquiera suelen reconocerse las equivocaciones, los juicios temerarios, las sospechas injustas, las acusaciones infundadas que se vierten sin cesar, sobre todo en el mundo de la política, que incomprensiblemente se ha erigido en modelo (pésimo) para el resto de la ciudadanía.
El caso reciente más flagrante es el de Bush, Blair y Aznar, que además son tres individuos profundamente religiosos, o eso aseguran. Ninguno ha mostrado aún el menor arrepentimiento –todo lo contrario: soberbia y satisfacción– por su injustificada, ilegal, taimada y catastrófica decisión de invadir Irak hace ya casi ocho años, tiempo suficiente para calibrar las consecuencias y reflexionar. Había allí un dictador (vaya novedad, llevaba decenios en el poder; y como si fuera el único en el mundo), pero era un país laico y no había en él terrorismo. A las decenas de millares de muertos causados por esa guerra basada en mentiras, inútil y delictiva, habrá que añadir los que se produzcan en los previsibles enfrentamientos civiles que seguirán a la retirada de las tropas extranjeras. Esos tres individuos han de saberse responsables de todas esas muertes innecesarias y del caos violento en que se ha sumido ese país. También Rajoy, que formaba parte del Gobierno de Aznar y a quien tampoco se ha oído una palabra de arrepentimiento, mientras aspira a ser Presidente como si no llevara ninguna carga sobre los hombros. Nadie que guarde memoria de aquella felonía lo votará, no sé a qué esperan en su partido para relevarlo. Si individuos como estos no deploran lo que hicieron, siendo ellos religiosos y sus culpas innegables y públicas, más fácil es que vaya al confesonario el fantasma de Lope de Aguirre que cualquiera de nuestros contemporáneos.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 10 de octubre de 2010
Sin duda Dom Hilari no se atrevería a jurar que la gente se arrepienta poco hoy en día; lo que sí sabe es que se confiesa rara vez. Pero su comentario coincide absolutamente con algo que vengo observando y que ya he señalado aquí, de pasada. Huelga decir que, al no ser yo creyente, ni me confieso ni me parece extraño que no lo haga la gente en general. Sí me lo parece más que se abstengan quienes se declaran católicos, y en todo caso me llama la atención desde hace tiempo el enorme desprestigio de que goza el arrepentimiento, más allá de su dimensión religiosa, a la que en modo alguno se limita el concepto. Si ustedes hacen memoria, habrán leído u oído numerosas entrevistas con personajes públicos en las que, antes o después –la pregunta debe de ser recurrente por parte de los periodistas–, manifiestan con invariable brutalidad (ya se trate de políticos, actores, escritores, cantantes o banqueros): “No me arrepiento de nada. Cuanto he hecho lo volvería a hacer. No tengo nada que lamentar”. Siempre me quedo perplejo, pese a la reiteración. ¿Nadie se arrepiente de nada, cuando esa es una de nuestras más frecuentes reacciones, al menos en nuestro fuero interno? No sé, son tantas las veces en que uno lamenta haber hecho o no hecho una cosa, haber dicho unas palabras que han herido o que sólo han traído resquemor, haber o no tomado tal o cual decisión, haber descartado esto o aquello, no haberse atrevido a dar un paso, haberse o no casado con tal persona, haber perdido una amistad, no haber estado más atento a quien ya murió o no haber hablado más con él … Yo suelo encontrar casi a diario algún motivo de arrepentimiento, aunque la mayoría sean, por suerte, de carácter menor.
Supongo que no pertenezco a mi época, una vez más. Parece como si la gente actual –sobre todo la española– considerase arrepentirse una bajeza o una blandenguería, un signo de debilidad, un menoscabo de su figura, una humillación. Hasta quienes tendrían más razones para hacerlo: raro es hoy el asesino que expresa arrepentimiento, y desde luego no lo verán en ningún terrorista; raro es el negligente que ha causado una o varias muertes que lamente su descuido y aparezca abrumado por las consecuencias de su error o su distracción: estará demasiado ocupado en buscarse descargos o en intentar echar la culpa a otros, a menudo de manera cínica y rocambolesca. Quizá no es tan extraño el fenómeno si pensamos que la nuestra es una sociedad educada desde la infancia en la evitación de las responsabilidades. Ni siquiera suelen reconocerse las equivocaciones, los juicios temerarios, las sospechas injustas, las acusaciones infundadas que se vierten sin cesar, sobre todo en el mundo de la política, que incomprensiblemente se ha erigido en modelo (pésimo) para el resto de la ciudadanía.
El caso reciente más flagrante es el de Bush, Blair y Aznar, que además son tres individuos profundamente religiosos, o eso aseguran. Ninguno ha mostrado aún el menor arrepentimiento –todo lo contrario: soberbia y satisfacción– por su injustificada, ilegal, taimada y catastrófica decisión de invadir Irak hace ya casi ocho años, tiempo suficiente para calibrar las consecuencias y reflexionar. Había allí un dictador (vaya novedad, llevaba decenios en el poder; y como si fuera el único en el mundo), pero era un país laico y no había en él terrorismo. A las decenas de millares de muertos causados por esa guerra basada en mentiras, inútil y delictiva, habrá que añadir los que se produzcan en los previsibles enfrentamientos civiles que seguirán a la retirada de las tropas extranjeras. Esos tres individuos han de saberse responsables de todas esas muertes innecesarias y del caos violento en que se ha sumido ese país. También Rajoy, que formaba parte del Gobierno de Aznar y a quien tampoco se ha oído una palabra de arrepentimiento, mientras aspira a ser Presidente como si no llevara ninguna carga sobre los hombros. Nadie que guarde memoria de aquella felonía lo votará, no sé a qué esperan en su partido para relevarlo. Si individuos como estos no deploran lo que hicieron, siendo ellos religiosos y sus culpas innegables y públicas, más fácil es que vaya al confesonario el fantasma de Lope de Aguirre que cualquiera de nuestros contemporáneos.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 10 de octubre de 2010
lunes, 18 de octubre de 2010
Arte americano de la Phillips Collection

La Phillips Collection es uno de esos proyectos que prosperó gracias al pragmatismo entusiasta de una persona, en este caso el crítico y fundador Duncan Phillips, que creó en Washington, poco después de la Primera Guerra Mundial, el primer museo norteamericano de arte moderno. Y no contento con adquirir raras obras europeas, se atrevió a apostar por modernos autóctonos. Algo más meritorio de lo que parece, dada la extraña situación que vivía Estados Unidos. Por aquel entonces, el arte no estaba bien visto, porque no era una actividad que proporcionara utilidad alguna.
Tal vez por eso, los paisajistas románticos americanos del XIX, o los artistas de la Escuela del Hudson (como Durand, ahora en la Juan March) inventaron esa mística de la naturaleza cuya contemplación, incluso pintada, proporcionaba aprendizaje moral y salud mental. A este carro se arrimaron impresionistas como Chase, Hassam (tienen un aire
a nuestro Rusiñol), el más conocido Whistler (que se parece al más simbolista Ramón Casas), el posimpresionista Prendergast o el Zuloaga de allá, Homer.
El centro espiritual de la muestra descansa en los Dove, O’Keefe, Hartley, Marin... que, buscando un simbolismo cada vez más fuerte en esa naturaleza "a la americana", encuentran el surco, el sol, la flor simplificados. O lo que es lo mismo, un caminito que conduce a la abstracción. Parecido rumbo siguen los alter egos de Palencia o de nuestras Mallo y Varo: Hopper, Lee, Kuniyoshi, Peppino, Pippin, Averi... que hablan de la vida moderna simplificando la
figura humana. Por no hablar de los cantores de la ciudad (Sheeler, Bruce), cada vez más cercanos al ligero cubismo americano (Davis, Graham, Brolotwsky). Hasta que, casi sin darnos cuenta, caemos en Calder, Still, Pollock o Rothko, los superabstractos que desplazan el centro del arte moderno de París a Nueva York.
Un viaje a través de 62 autores y más de 90 cuadros, tan seductor que ni Hopper destaca. Y es que el conjunto expresa de maravilla el nacimiento de la modernidad americana tal y como debió soñarla el gran Phillips: sincera y desemejante.
Retrato de una época
John Gutmann (1905-1998), un solitario y culto fotógrafo europeo de origen alemán, es testigo fascinado del nacimiento de la modernidad en Estados Unidos. Su mirada, como la nuestra, se sorprende por esa energía de un país nuevo que está creando una vanguardia extremadamente sólida y que en los años 50 será reconocida como la avanzada del arte occidental. La planta baja de la Fundación Mapfre muestra su legado
Fundación Mapfre (Paseo de Recoletos, 23)
Madrid
http://www.mapfre.es/
Tal vez por eso, los paisajistas románticos americanos del XIX, o los artistas de la Escuela del Hudson (como Durand, ahora en la Juan March) inventaron esa mística de la naturaleza cuya contemplación, incluso pintada, proporcionaba aprendizaje moral y salud mental. A este carro se arrimaron impresionistas como Chase, Hassam (tienen un aire
a nuestro Rusiñol), el más conocido Whistler (que se parece al más simbolista Ramón Casas), el posimpresionista Prendergast o el Zuloaga de allá, Homer.El centro espiritual de la muestra descansa en los Dove, O’Keefe, Hartley, Marin... que, buscando un simbolismo cada vez más fuerte en esa naturaleza "a la americana", encuentran el surco, el sol, la flor simplificados. O lo que es lo mismo, un caminito que conduce a la abstracción. Parecido rumbo siguen los alter egos de Palencia o de nuestras Mallo y Varo: Hopper, Lee, Kuniyoshi, Peppino, Pippin, Averi... que hablan de la vida moderna simplificando la
figura humana. Por no hablar de los cantores de la ciudad (Sheeler, Bruce), cada vez más cercanos al ligero cubismo americano (Davis, Graham, Brolotwsky). Hasta que, casi sin darnos cuenta, caemos en Calder, Still, Pollock o Rothko, los superabstractos que desplazan el centro del arte moderno de París a Nueva York.Un viaje a través de 62 autores y más de 90 cuadros, tan seductor que ni Hopper destaca. Y es que el conjunto expresa de maravilla el nacimiento de la modernidad americana tal y como debió soñarla el gran Phillips: sincera y desemejante.

Retrato de una época
John Gutmann (1905-1998), un solitario y culto fotógrafo europeo de origen alemán, es testigo fascinado del nacimiento de la modernidad en Estados Unidos. Su mirada, como la nuestra, se sorprende por esa energía de un país nuevo que está creando una vanguardia extremadamente sólida y que en los años 50 será reconocida como la avanzada del arte occidental. La planta baja de la Fundación Mapfre muestra su legado
Fundación Mapfre (Paseo de Recoletos, 23)

Madrid
http://www.mapfre.es/
Hasta el 16 de enero
domingo, 17 de octubre de 2010
Working on a dream
Aquí fuera las noches son largas y los días solitarios
Pienso en ti y trabajo por un sueño
Trabajo por un sueño
La mano que me ha tocado es mala, cariño
Me enderezo y trabajo por un sueño
Trabajo por un sueño
¡Vamos!
Trabajo por un sueño
Aunque a veces parezca tan lejano
Trabajo por un sueño
Y sé que algún día será mío
Cae fina la lluvia, golpeo con mi martillo
Mis manos están ásperas por trabajar por un sueño
Trabajo por un sueño
¡Vamos!
Trabajo por un sueño
Aunque parece que los problemas hayan venido para quedarse
Trabajo por un sueño
Pero nuestro amor ahuyentará los problemas
¡Perfecto!
Trabajo por un sueño
Aunque pueda sentirlo tan lejano
Trabajo por un sueño
Nuestro amor lo hará real algún día
El sol se levanta, subo por la escalera
El nuevo día comienza y trabajo por un sueño
Trabajo por un sueño
Trabajo por un sueño
Trabajo por un sueño
¡Hey!
Trabajo por un sueño
Aunque pueda sentirlo tan lejano
Trabajo por un sueño
Nuestro amor lo hará real algún día
Trabajo por un sueño
Aunque pueda sentirlo tan lejano
Trabajo por un sueño
Nuestro amor lo hará real algún día
sábado, 16 de octubre de 2010
viernes, 15 de octubre de 2010
Asertividad

La asertividad es la habilidad de expresar nuestros pensamientos, sentimientos y creencias asumiendo las consecuencias y a la vez respetar la opinión de los otros.
Entonces, ¿por qué nos cuesta decir que no? Son varias la razones: la búsqueda de aprobación, la preocupación por ayudar a los demás a la espera de que éstos hagan lo propio con nosotros en el futuro,evitar una situación de confrontación, el miedo al rechazo, comodidad...
No saber decir que no supone entrar en un círculo vicioso del que resulta difícil escapar. Cada vez nos comprometemos a hacer más cosas: en el trabajo, en casa, en nuestro círculo de amistades...
No debemos olvidar que tenemos derechos para expresar, sentir y actuar según nuestros principios sin agredir al resto de personas.
Es imprescindible tener confianza en uno mismo y hacer el ejercicio de ponerse en la piel del otro, porque de este modo entenderemos el punto de vista de la otra persona aunque no lo compartamos. Si a la hora de actuar nos viniera a la mente esta frase "no hagas al otro aquello que no quieres que te hagan a ti", probablemente la convivencia sería más sana.
Dar respuestas negativas supone un esfuerzo, empeñados como estamos en caer bien, en resultar tolerantes, comprensivos, amables y diligentes. La timidez y la falta de autoestima son problemas añadidos a la hora de decir que no.
Comienzan a adquirir relevancia planteamientos como los de evitar problemas innecesarios y propiciar un buen ambiente con el entorno, caer bien a los demás, soslayar las discusiones... El problema surge cuando esta tendencia se consolida en exceso y, por timidez, comodidad o pragmatismo se convierte en hábito.
Hay que diferenciar entre no contrariar a nuestros interlocutores porque coincidimos con sus propuestas, opiniones o planteamientos y entre hacerlo por sistema, siempre y en cualquier circunstancia. Si no manifestamos nuestro desacuerdo cuando discrepamos en cuestiones importantes, o si hacemos lo que consideramos inapropiado o lo que resulta perjudicial para nuestros intereses, anteponemos las necesidades, opiniones o deseos de los demás a los nuestros.
Algunas personas sufren cada vez que se han de negar a algo, bien sea por miedo a defraudar las expectativas de otros, bien por temor a no dar "la talla" o a no saber argumentar su negativa, o por simple pereza y comodidad. Se trata, en definitiva, del miedo a no ser valorados y queridos. Nuestra necesidad de ser valorados, atendidos y tenidos en cuenta, puede llevarnos a mostrar una constante disponibilidad a todo, lo que nos sume en una dependencia no sólo de los demás, sino de esa imagen desde la que actuamos, y que queremos transmitir a los demás, pero que no es cierta.
Hemos de buscar un equilibrio que nos permita ser tolerantes y comprensivos, pero siempre habilitando un espacio para expresar nuestros matices o discrepancias.
El problema de no saber decir “no” es que después tenemos que afrontar las consecuencias. Nos obligamos a vivir situaciones que no deseábamos y lleva unido el miedo a no ser aceptado por la otra persona si nos negamos.
Es muy importante para aprender a decir “no” saber reconocer cual es nuestra necesidad, deseo o interés. Una vez que identificado, solamente nosotros podremos decidir si en ese momento es un necesidad o no lo es. Nadie puede definir esto por ti.
El problema de no saber decir “no” es que después tenemos que afrontar las consecuencias. Nos obligamos a vivir situaciones que no deseábamos y lleva unido el miedo a no ser aceptado por la otra persona si nos negamos.
Es muy importante para aprender a decir “no” saber reconocer cual es nuestra necesidad, deseo o interés. Una vez que identificado, solamente nosotros podremos decidir si en ese momento es un necesidad o no lo es. Nadie puede definir esto por ti.
Hay demasiadas relaciones vacías, formales, vestidas de cordialidad y buenos modeales. Una cosa es la sociabilidad y otra muy distinta la hipocresía del "quedar bien" a toda costa.
jueves, 14 de octubre de 2010
Mi primer premio Nobel. Félix de Azúa

Antes hubo otros (García Márquez, Paz, Aleixandre) con quienes mantuve amistad o conocimiento, pero lo de Mario Vargas Llosa es como si le hubieran dado el premio a un compañero de clase. No uno cualquiera, claro, sino el más sobresaliente del colegio.
Siempre ha sido así. Es una condena que arrastra Vargas Llosa, la de ser el más listo, el más educado, el que mejor habla, el que mejor escribe... Lo asombroso es que no se haya cansado de ese papel, uno de los más duros que te pueda caer en esta vida.
La literatura americana está plagada de triunfadores que no soportan la carga de ser el mejor y se abaten como débiles junquillos, pero para nuestro regocijo a Vargas no sólo no le aplasta el peso de sus virtudes sino que lo vigorizan. Y eso incluso cuando fracasa, porque sabe que triunfar en todo sin conocer el fracaso es una frivolidad. Por eso su único fracaso, no resultar elegido presidente del Perú, incluso como fracaso es un triunfo admirable.
El otro aspecto destacable ha sido la unanimidad en el reconocimiento. A todos y cada uno de los anteriores nóbeles en español les salió un ejército de ángeles hostiarios dispuestos a amargarles la fiesta. Contra Cela, medio país (yo mismo, por ejemplo) indignado por el patinazo del jurado sueco. Contra García Márquez los que le reprochaban su sumisión a la dictadura cubana. Contra Paz los idiotas que le acusaban de ser de la CIA. Al pobre Aleixandre no le atacó nadie, pero porque era un abuelo adorable. En cambio, ¡no ha dado ocasiones ni nada Mario Vargas para que se revuelvan a morderle varias docenas de rencorosos! Encomiasta de la Thatcher, censor del nacionalismo catalán, látigo de sátrapas tipo Castro, conmilitón de Rosa Díez... Pues ni así. De momento, por lo menos, no le ha salido ni un solo reventador. ¿No es muy sorprendente?
(Nota del día siguiente: Le ha salido uno, pero es un honor. El cómico Willy dice que Mario Vargas es un criminal peligroso)
Félix de Azúa. Publicado el 11/10/2010 a las 09:00
Siempre ha sido así. Es una condena que arrastra Vargas Llosa, la de ser el más listo, el más educado, el que mejor habla, el que mejor escribe... Lo asombroso es que no se haya cansado de ese papel, uno de los más duros que te pueda caer en esta vida.
La literatura americana está plagada de triunfadores que no soportan la carga de ser el mejor y se abaten como débiles junquillos, pero para nuestro regocijo a Vargas no sólo no le aplasta el peso de sus virtudes sino que lo vigorizan. Y eso incluso cuando fracasa, porque sabe que triunfar en todo sin conocer el fracaso es una frivolidad. Por eso su único fracaso, no resultar elegido presidente del Perú, incluso como fracaso es un triunfo admirable.
El otro aspecto destacable ha sido la unanimidad en el reconocimiento. A todos y cada uno de los anteriores nóbeles en español les salió un ejército de ángeles hostiarios dispuestos a amargarles la fiesta. Contra Cela, medio país (yo mismo, por ejemplo) indignado por el patinazo del jurado sueco. Contra García Márquez los que le reprochaban su sumisión a la dictadura cubana. Contra Paz los idiotas que le acusaban de ser de la CIA. Al pobre Aleixandre no le atacó nadie, pero porque era un abuelo adorable. En cambio, ¡no ha dado ocasiones ni nada Mario Vargas para que se revuelvan a morderle varias docenas de rencorosos! Encomiasta de la Thatcher, censor del nacionalismo catalán, látigo de sátrapas tipo Castro, conmilitón de Rosa Díez... Pues ni así. De momento, por lo menos, no le ha salido ni un solo reventador. ¿No es muy sorprendente?
(Nota del día siguiente: Le ha salido uno, pero es un honor. El cómico Willy dice que Mario Vargas es un criminal peligroso)
Félix de Azúa. Publicado el 11/10/2010 a las 09:00
(Nota de Chur: le añadiría su comprensión hacia los que opositan)
miércoles, 13 de octubre de 2010
Pasión por Renoir. La colección del Sterling and Francine Clark Art Institute

19 de octubre - 6 de febrero de 2011
Pierre-Auguste Renoir (1841-1919), uno de los artistas más destacados del Impresionismo, trabajó durante su vida con una absorbente pasión por la pintura que le llevó a alcanzar un gran prestigio y popularidad entre sus contemporáneos. El excelente conjunto de 31 obras del artista, las mejores entre las reunidas por el coleccionista norteamericano Robert Sterling Clark (1877-1956), fundador del Sterling & Francine Clark Art Institute (Williamstown), se mostrará en el Prado, con el patrocinio de la Fundación BBVA, en la que será la primera exposición monográfica dedicada a Renoir en España.
El núcleo de la colección de pinturas del Clark Institute corresponde a un gran conjunto de obras impresionistas adquiridas por Sterling y Francine Clark a lo largo de un período de cuatro décadas. Para los Clark, Pierre-Auguste Renoir representaba la quintaesencia del impresionismo y de ahí que adquirieran más de 35 de sus pinturas, incluidas varias de sus creaciones más importantes. Gracias al excepcional préstamo de la práctica totalidad de esta colección, que se exhibirá conjuntamente por vez primera fuera del Clark Institute, la exposición permitirá mostrar en España la amplitud y el interés de las propuestas de Renoir a través de las etapas más destacadas de su trayectoria, entre 1874 y 1900, en los principales géneros que cultivó: el retrato, la figura femenina, el desnudo, el paisaje, la naturaleza muerta y las flores. En ellos pueden percibirse no sólo las aportaciones de su obra a la pintura de su tiempo sino también la profundidad de su vinculación con las grandes tradiciones pictóricas anteriores.
Como casi todos los impresionistas, Renoir es un artista escasamente representado en las colecciones españolas, sin presencia en ninguna colección pública excepto en la del Museo Thyssen-Bornemisza, con origen en el coleccionismo privado al igual que la del Clark Art Institute.
El Clark Institute se fundó en la ciudad de Williamstown (Massachusetts) gracias al generoso patrocinio de los Clark. Su Museo se inauguró en 1955. Comprende colecciones muy ricas y diversas, entre las que destaca la de pintura impresionista. Dentro de ésta es sobresaliente el conjunto de obras de Renoir, núcleo de esta exposición.
Comisarios: Javier Barón, Jefe de Departamento de Pintura del Siglo XIX y Richard Rand, Jefe de Conservación del Sterling and Francine Clark Art Institute..
Exposición coorganizada entre el Museo Nacional del Prado y el Sterling and Francine Clark Art Institute (Williamstown, Massachusetts)
Pierre-Auguste Renoir (1841-1919), uno de los artistas más destacados del Impresionismo, trabajó durante su vida con una absorbente pasión por la pintura que le llevó a alcanzar un gran prestigio y popularidad entre sus contemporáneos. El excelente conjunto de 31 obras del artista, las mejores entre las reunidas por el coleccionista norteamericano Robert Sterling Clark (1877-1956), fundador del Sterling & Francine Clark Art Institute (Williamstown), se mostrará en el Prado, con el patrocinio de la Fundación BBVA, en la que será la primera exposición monográfica dedicada a Renoir en España.
El núcleo de la colección de pinturas del Clark Institute corresponde a un gran conjunto de obras impresionistas adquiridas por Sterling y Francine Clark a lo largo de un período de cuatro décadas. Para los Clark, Pierre-Auguste Renoir representaba la quintaesencia del impresionismo y de ahí que adquirieran más de 35 de sus pinturas, incluidas varias de sus creaciones más importantes. Gracias al excepcional préstamo de la práctica totalidad de esta colección, que se exhibirá conjuntamente por vez primera fuera del Clark Institute, la exposición permitirá mostrar en España la amplitud y el interés de las propuestas de Renoir a través de las etapas más destacadas de su trayectoria, entre 1874 y 1900, en los principales géneros que cultivó: el retrato, la figura femenina, el desnudo, el paisaje, la naturaleza muerta y las flores. En ellos pueden percibirse no sólo las aportaciones de su obra a la pintura de su tiempo sino también la profundidad de su vinculación con las grandes tradiciones pictóricas anteriores.
Como casi todos los impresionistas, Renoir es un artista escasamente representado en las colecciones españolas, sin presencia en ninguna colección pública excepto en la del Museo Thyssen-Bornemisza, con origen en el coleccionismo privado al igual que la del Clark Art Institute.
El Clark Institute se fundó en la ciudad de Williamstown (Massachusetts) gracias al generoso patrocinio de los Clark. Su Museo se inauguró en 1955. Comprende colecciones muy ricas y diversas, entre las que destaca la de pintura impresionista. Dentro de ésta es sobresaliente el conjunto de obras de Renoir, núcleo de esta exposición.
Comisarios: Javier Barón, Jefe de Departamento de Pintura del Siglo XIX y Richard Rand, Jefe de Conservación del Sterling and Francine Clark Art Institute..
Exposición coorganizada entre el Museo Nacional del Prado y el Sterling and Francine Clark Art Institute (Williamstown, Massachusetts)
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