Srebrenica Executions - Trnovo
https://youtu.be/Gk5xOM7ECwI
https://www.youtube.com/watch?v=Gk5xOM7ECwI&feature=youtu.be&oref=https%3A%2F%2Fwww.youtube.com%2Fwatch%3Fv%3DGk5xOM7ECwI%26feature%3Dyoutu.be&has_verified=1
Fantasmas de los Balcanes
ARTURO PÉREZ-REVERTE | El Semanal - 10/6/2007
Llevo mucho tiempo sin querer saber nada del asunto. Me refiero a Bosnia, Croacia y todo aquello. Cada vez que en la tele aparece una noticia sobre el particular, cambio de canal o me largo. Eso incluye a mis amigos de entonces. Cuando estoy con Márquez, Jadranka o algún otro, procuro evitar los intercambios de recuerdos. Lo mismo ocurre cuando alguien me propone dar charlas o escribir artículos sobre eso. La palabra Balcanes es incompatible con mi ecuanimidad. Todavía se me dispara la memoria, y la mala leche, cuando una de aquellas viejas imágenes, foto, reportaje de televisión, comentario de radio, se cruza en mi camino. Me quedo luego sombrío, callado, mirando alrededor con rencor y con una especie de angustia desesperada, casi agresiva. O sin casi.
No exagero. La cosa llega al extremo de que el simple hecho de oír cerca una lengua eslava, que me recuerde el serbio aunque sólo sea de lejos, me hace ponerme tenso, nubla mis ojos y mi memoria. Me enfurece. Arrastra recuerdos siniestros, controles bajo la lluvia, cruel brutalidad, fosas comunes, gente degollada en campos de maíz, gentuza con Kalashnikov, psicópatas impunes. Materializa fantasmas que deseo olvidar, y con ellos la desesperación de entonces, la amargura impotente, las ganas, que conservo, no de lamentarme, sino de hacer daño y de matar, de buscar venganza. No por mí, que sigo vivo y coleando, sino por aquellos a los que nadie vengó. Por los muertos de un tiro en la nuca, por Jasmina, por Grüber, por la morgue del hospital de Sarajevo, por la matanza de Vukovar, por la gente fugitiva y asesinada en bosques cubiertos de nieve, por las mujeres violadas como animales en burdeles para soldados borrachos. Esa farsa de La Haya, esos juicios con cuentagotas, tan equidistantes, calculados, protocolarios, no me calman una puñetera mierda. Lo siento. Me cisco en esa justicia, en todas las justicias cuando llegan tarde, como suelen, y con la puntita nada más. Milosevic, que ya está criando malvas, e incluso Karadzic y Mladic, si alguna vez los trincan, no son sino una infinitesimal parte del tinglado. En los Balcanes, los hijos de puta eran decenas de miles. A fin de cuentas, quienes metían las manos en la sangre, hasta los codos, éramos nosotros mismos, sin freno. Era la simple y sucia condición humana.
Hoy escribo este artículo para maldecir a Lola, una amiga de Círculo de Lectores, que el otro día me envió un libro que yo no tenía la menor intención de leer, Postales desde la tumba, escrito por un bosnio que fue intérprete -y a eso debió salvar su vida- de los cascos azules holandeses durante la matanza de Srebrenica. Cuando vi el título arrojé el libro a un rincón; pero al rato no pude evitar echarle un vistazo. Al cabo me puse a leer a trozos, envuelto en la vieja nube negra que siempre creo haber dejado atrás, pero que cada vez regresa de nuevo. Y bueno. Ningún bien me hizo encarar otra vez la abyecta cobardía de los holandeses ante los carniceros serbios, los tres mil prisioneros asesinados en Srebrenica tras la caída de la ciudad, la torpe indecisión de Naciones Unidas, la sonrisa injustificada, cobarde, del presunto negociador Javier Solana -prodigio de incompetencia que hoy sigue al frente de la política exterior de la Unión Europea-, al que toda mi vida, y la suya, recordaré lavándose las manos en los telediarios o dándose besitos en la boca con los carniceros serbios, mientras quienes estábamos allí, grabando sangre y mierda, contábamos los muertos de cada día, con imágenes a las que ese paniaguado inútil oponía declaraciones huecas, afirmando con solemne gravedad de tonto del haba que, pese a las apariencias, los serbios se mostraban receptivos y razonables y que el asunto estaba en buenas manos. Y así día tras día, año tras año, mientras caían las bombas, se mataba y se violaba ante los ojos de una Europa miserable que nada hizo hasta que -tiene huevos quién paró la cosa- los Estados Unidos de Clinton decidieron, por fin, dar un puñetazo sobre la mesa.
Y fíjense. Ni siquiera teclear esto me ha desahogado un carajo. Por eso digo que maldito sea el libro y quien me lo mandó. Me ha hecho pasar la noche en mala duermevela, recordando otra vez la cara de un bosnio de Srebrenica -ustedes pudieron verlo como yo, en la tele- al que un serbio preguntó, mientras lo filmaba en vídeo y se escuchaban los tiros de quienes ya asesinaban a sus compañeros: «¿Tienes miedo?». Y el hombre, a punto de morir, tras una breve duda, temblándole la voz, respondió: «¿Cómo no voy a tener miedo?».
Mostrando entradas con la etiqueta Artículos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Artículos. Mostrar todas las entradas
lunes, 13 de julio de 2015
jueves, 30 de abril de 2015
No son turistas, son pijos maleducados
29.04.2015 – Rodar documentales en Nepal aporta experiencia. Te das cuenta de dónde estás, quién eres, qué eres… con respecto al resto del mundo. Ser alpinista ayuda a sentirse pequeño, fomenta el compañerismo, cura el alma y en ocasiones, te obliga a tirar de humildad, grandes dosis de humildad, cuando dejas los Pirineos y los Alpes y te lanzas a la conquista de cumbres situadas en lo que conocemos como el Tercer Mundo.
Nepal ha vivido el horror, ha experimentando la violencia de la madre naturaleza, atrapando a miles y miles de turistas que se encontraban en Kathmandú y en los valles que descienden de varios ochomiles. Algunos se encontraban en Pockara, otros en Kathmandu y algunos en Luckla, con su aeropuerto espectacular, desde donde parte el trekking del campo base del Everest, donde de momento, han fallecido mas de 20 alpinistas. Las cornisas de hielo que separan la cumbre del Pumori del Everest, por encima de la cascada del hielo del Khumbu, son peligrosas a lo largo del año. Con un terremoto de 7,9 la situación cambia por completo y tal y como ha sucedido, la mayoría de cornisas se han desprendido, causando avalanchas impresionantes. Solo quien ha vivido un alud puede saber lo que se siente. De momento, junto a los miles de fallecidos y heridos, tenemos a ocho millones de nepalíes afectados por el terremoto. Unas 72.000 personas están abandonando a pie la zona del valle de Katmandú en busca de agua y comida, mientras miles de occidentales protestan porque les están evacuando lentamente. Algunos incluso se quejan de que les tratan como perros…
Quienes son incapaces de comprender dónde están, en qué país están y lo que les ha pasado a las gentes que les acogen, no son turistas, son pijos maleducados. Gente sin alma, sin corazón, que viven a golpe de talonario creyéndose superiores a los demás. Si el aeropuerto es un caos, te esperas. Si tienes hambre, piensa que los nepalíes todavía tienen más hambre. Ellos han perdido su casa, tú no. Ellos han perdido a familiares y amigos, y no tienen un país que les acoja y les envíe un avión. Tú tienes American Express, ellos no. Viajar a zonas pobres, por muy cool que pueda parecer, conlleva aceptar unas normas del juego que muchos desconocen, o peor… muchos no han sido educados para conocerlas.
Víctor Riverola
España. Es periodista, realizador de documentales y escritor. CEO de la productora Matterfilm. Imparte con regularidad conferencias y seminarios sobre geopolítica e historia en diferentes centros culturales e instituciones, y en universidades en Europa, América y Asia.
miércoles, 8 de abril de 2015
Rota. Leila Guerriero
Y entonces, porque yo estaba triste, el sábado pasado me llevaste a ese parque, tan cerca de casa, tan lejos del mundo, y caminamos por el sendero de tierra, entre las cañas de bambú, respirando el aire fino y caliente en el día desierto, y me contaste que habías estado allí un tiempo atrás, tomando unas fotos, y que te habías topado con un tipo rarísimo que tocaba la guitarra detrás de un arbusto —como un desconsolado, como un perro frenético—, y lo imitaste a gritos y yo me reí (recordando aquella vez, hace años, cuando éramos casi unos desconocidos y, en un bar de una isla colombiana, mientras sonaba Bob Marley, vos, hasta entonces silente y discreto, empezaste a cruzar la pista de una punta a la otra, con unos ridículos pasitos a la Fred Astaire, simulando que te ponías y te sacabas un sombrero, y yo te miraba con asombro y felicidad, como quien descubre un tesoro recién hecho), y cuando llegamos a un recodo del camino me señalaste una hiedra y me dijiste “Ponete ahí”, y bajo ese sol de ámbar empezaste a tomarme algunas fotos. Todo olía a eucaliptus y a tierra, y sonó la campana que anunciaba el paso de un tren, y la tarde, dentro de mí, se hizo trizas en miles de fragmentos de sangre y hueso y hielo, y vos te acercaste, me quitaste un mechón de la cara, me dijiste “Tan linda”, y yo te miré desconcertada, como un animal encandilado y alerta —¿qué habías visto, qué habías visto?—, y me preguntaste “¿Mejor?”, y yo te dije “Sí”. Y me sentí un monstruo, un animal, un ser lleno de secretos y pájaros oscuros. Porque no era verdad. Porque, a pesar del paseo y las fotos —y el mechón de pelo y tu intento de salvarme de todas las cosas— no era verdad. Porque la gente no salva a la gente: la gente se salva sola. Y no supe si vos lo sabías.
Leila Guerriero. El País.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)