jueves, 11 de junio de 2015

Parejas venecianas. Arturo Pérez-Reverte

Parejas venecianas

Nunca antes me había fijado en la cantidad de parejas homosexuales que se ven paseando por Venecia. Los encuentras caminando por los puentes, a la orilla de los canales, cenando en los pequeños restaurantes del casco viejo. No suele tratarse de dúos espectaculares, sino todo lo contrario: gente discreta, tranquila, a menudo con aspecto educado. Mirando a los demás aprendes cantidad de cosas, y en el caso de estas parejas siempre me encanta sorprender sus gestos comedidos de confianza o afecto, el reparto convencional de roles que suele darse entre uno y otro, la ternura contenida que a menudo sientes flotar entre ellos, en su inmovilidad, en sus silencios. Pensaba en todo eso el otro día, a bordo del vaporetto que cubre el trayecto de San Marcos al Lido. Sobre la laguna soplaba un viento helado, los pasajeros íbamos encogidos de frío, y en un banco de la embarcación había una pareja, hombre y hombre, cuarentones, tranquilos. Se sentaban muy juntos, apoyado discretamente un hombro en el del compañero, en un intento por darse calor. Iban quietos y callados, mirando el agua verdegris y el cielo color ceniza. Y en un momento determinado, cuando el barco hizo un movimiento y la luz y la gama de grises del paisaje se combinaron de pronto con extraordinaria belleza, los vi cambiar una sonrisa rápida, fugaz, parecida a un beso o una caricia.

Parecían felices. Dos tipos con suerte, pensé. Aunque sea dentro de lo que cabe. Porque viéndolos allí, en aquella tarde glacial, a bordo de la embarcación que los llevaba a través de la laguna de esa ciudad cosmopolita, tolerante Y sabia, imaginé cuántas horas amargas no estarían siendo vengadas en ese momento por aquella sonrisa. Largas adolescencias dando vueltas por los parques o los cines para descubrir-el sexo, mientras otros jóvenes se enamoraban, escribían poemas o bailaban abrazados en las fiestas del Instituto. Noches de echarse a la calle soñando con un príncipe azul de la misma edad, para volver de madrugada hechos una mierda, llenos de asco y soledad. La imposibilidad de decirle a un hombre que tiene los ojos bonitos o una hermosa voz, porque, en vez de dar las gracias o sonreír, lo más probable es que le parta a uno la cara. Y cuando apetece salir, conocer, hablar, enamorarse o lo que sea, en vez de un café o un bar, verse condenado de por vida a los locales de ambiente, las madrugadas entre cuerpos danone empastillados, reinonas escandalosas y drag queens de vía estrecha. Salvo que alguno -muchos- lo tenga mal asumido y se autoconfine a la alternativa cutre de la sauna, la sala X, la revista de contactos y la sordidez del urinario público.

A veces pienso en lo afortunado, o lo sólido, o lo entero, que debe de ser un homosexual que consigue llegar a los cuarenta sin odiar desaforadamente a esta socie dad hipócrita, obsesionada por averiguar, juzgar y condenar con quién se mete, o no se mete, en la cama. Envidio la ecuanimidad, la sangre fría, de quien puede mantenerse sereno y seguir viviendo como si tal cosa, sin rencor, a lo suyo, en vez de echarse a la calle a volarle los huevos a la gente que por activa o por pasiva ha destrozado su vida, y sigue destrozando la de chicos de catorce o quince años que a diario, todavía hoy, siguen teniéndolo igual que él lo tuvo: las mismas angustias, los mismos chistes de maricones en la tele, el mismo desprecio alrededor, la misma soledad y la misma amargura.: Envidio la lucidez y la calma de quienes, a pesar de todo, se mantienen fieles a sí mismos, sin estridencias pero también sin complejos seres humanos por encima de todo. Gente que en tiempos como éstos, cuando todo el mundo, partidos, comunidades, grupos sociales, reivindica sus correspondientes deudas históricas, podría argumentar, con más derecho que muchos, la deuda impagada de tantos años de adolescencia perdidos, tantos golpes y vejaciones sufridas sin haber cometido jamás delito alguno, tanta rechifla y tanta afrenta grosera infligida por gentuza que, no ya en lo intelectual, sino en lo más elemental y humano, se encuentra a un nivel abyecto, muy por debajo del suyo. Pensaba en todo eso mientras el barquito cruzaba la laguna y la pareja se mantenía inmóvil, el uno junto al otro, hombro con hombro. Y antes de volver a lo mío y olvidarlos, me pregunté cuántos fantasmas atormentados, cuántas infelices almas errantes no habrían dado cualquier cosa, incluso la vida, por estar en su lugar. Por estar allí, en Venecia, dándose calor en aquella fría tarde de sus vidas.

19 de enero de 1997

miércoles, 10 de junio de 2015

Lope de Vega



Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;
no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;
huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor suave,
olvidar el provecho, amar el daño;
creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe.
LOPE DE VEGA

miércoles, 3 de junio de 2015

Arte urbano de Pejac

Pejac es un artista de Santander.
Sus obras son pura magia y él es un artista atípico: se formó en Bellas Artes en Salamanca, Barcelona y Milán y fue en Italia donde comenzó a interesarse por el arte callejero, pero no convirtió la ciudad en escenario de sus propuestas hasta hace unos cinco años; antes no trabajaba en muro sino en lienzo o papel y exponía en galerías y no a pie de calle, siendo su evolución la opuesta a la de la mayor parte de los creadores de arte urbano que conocemos.
Sus obras convierten espacios anodinos y aparentemente poco inspiradores en escenarios únicos, rompen con cualquier marco (más aún de lo habitual en el Street art), se relacionan siempre con la naturaleza y constituyen una invitación a desarrollar nuestro lado más creativo y a transformar los entornos urbanos en lugares más habitables y humanos donde el público que no frecuenta galerías ni museos pueda acercarse al arte contemporáneo y convertir su contemplación en una experiencia personal.
Un cierto humor ácido, guiños a la actualidad y al cine y una búsqueda constante de vías novedosas para ofrecer enfoques alternativos de nuestra realidad cotidiana son las señas que hacen muy reconocibles sus proyectos, teñidos de una lírica contemporánea muy atractiva. Su proceso de trabajo contiene la justa espontaneidad: tras un periodo de reflexión en el que observa, da forma a unas ideas o desecha otras, define imágenes, formatos y soportes. Por último, comienza a trabajar.
Además de en puertas y paredes, Pejac ha trabajado haciendo ilustraciones, novelas gráficas (os recomendamos Vuelo rasante) y sombras chinas y tampoco ha dejado de mostrar sus obras en galerías, como la Siboneysantanderina o la N2 de Barcelona.
Fuente: Masdearte.com











lunes, 1 de junio de 2015

Ana Karenina

“La miraba como mira el hombre una flor que ha arrancado, que la ve marchita y le cuesta reconocer la belleza que ha arrancado y destruido”

" Todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son a su manera" 
Ana Karenina. León Tolstoi