
jueves, 9 de junio de 2011
miércoles, 8 de junio de 2011
martes, 7 de junio de 2011
lunes, 6 de junio de 2011
domingo, 5 de junio de 2011
sábado, 4 de junio de 2011
El diccionario indefinido
La palabra "diccionario" suele venir en los diccionarios, pero no todos están conformes en lo que signifique la palabra "diccionario". Conscientes de que un consultor de diccionario será el último en buscar el sentido de la entrada que le da fundamento, los diccionarios suelen ser muy desmayados en lo que concierne a su propia definición.
Así, por ejemplo, María Moliner comienza diciendo: "Libro en que se da una serie más o menos completa de las palabras de un idioma, etcétera". Definición perfectamente insuficiente e incluso errónea. Ni tiene por qué ser un libro, ni son "palabras" lo que lo componen. Casi calcada es la entrada de Manuel Seco en su utilísimo diccionario del español actual. ¡Qué diferencia, ¿verdad?, con el Petit Robert, que nos traslada al universo de la exactitud!: "Conjunto de palabras dispuestas según un orden convencional que da definiciones o informaciones sobre los signos". Aquí se hace conspicua la diferencia: los diccionarios no ordenan palabras sino signos. ¿Quizás conceptos? No siempre: hay diccionarios de imágenes, como los del sistema Duden. El Oxford, por su parte, es pragmático a la manera británica y sólo describe el uso de un diccionario, aquello para lo que sirve, su utilidad, pero no su naturaleza o esencia. El de la Real insiste en lo anterior sobre el "libro" y las "palabras".
¿Por qué nuestros diccionarios redactan de modo tan tosco el concepto que los define y sustenta? ¿Cómo puede ser que un diccionario no se ocupe como tarea primera de su propia definición? ¡Ah, es tan nuestra esta exigencia! Podemos opinar sobre absolutamente todo hasta llenar un diccionario completo, pero que nadie nos pida responsabilidades. Nosotros estamos libres de toda culpabilidad. Podemos decir de un modo apodíctico lo que los otros son, pero que no se nos exija saber quiénes somos nosotros, desde dónde hablamos, con qué autoridad. Nuestra obsesión es poner una etiqueta a los demás, especialmente a quienes consideramos que no son como nosotros, pero que nadie ose definirnos o clasificarnos porque entonces le morderemos la yugular.
Así que hace unos años pensé en escribir un diccionario donde no cupiera la entrada "Diccionario". Soy tan irresponsable como cualquier colega, me dije, de modo que voy a definir apodícticamente todo lo relacionado con las artes, pero no me voy a justificar, ni voy a explicar quién soy, desde qué tarima hablo, ni qué intereses me mueven. En este país nadie se justifica, ¿por qué iba a ser yo el primero en hacerlo? Y me lancé a escribir un Diccionario de las artes no sin preocupación, pero con cierta nonchalance.
Lo hice persuadido de que escribía en la más completa libertad, como el niño que subido en su caballo de madera y esgrimiendo la espada de cartón va decapitando campeones y derrotando regimientos sin esfuerzo; con la graciosa ayuda de un gesto, de una leve fatiga al cabo del ejercicio, así me lancé a la tarea. "Hoy he derrotado a los blindados del general Rommel", le dice el entusiasmado infante a su padre que bastante tiene con rellenar las hojas de Hacienda, y así me sentía yo escribiendo el Diccionario de las artes que hoy se reedita con notables cambios, aconsejados por quince años en los que las artes han sufrido su último y definitivo infarto. Hoy ni las artes son lo que siempre habían sido (no lo eran desde hacía decenios), ni hay ya la menor esperanza de que vuelvan a serlo. Y añado: ¡por fortuna! No es cierto que todo tiempo pasado sea mejor, es la memoria la potencia que mejora y adorna lo que sin duda fue tan efímero y tan pocovale como el presente. La memoria es la orquesta que pone música a los muertos y a los humanos nos encantan los entierros.
Estaba entonces, cuando la primera redacción, viviendo en París gracias a la generosidad de Sánchez Albornoz, en aquella época en la que aún era posible ser socialista en España sin tener que disculparte, e incluso en la que uno podía sentirse orgulloso de serlo. Mi diccionario tenía que ser socialista en el viejo y noble sentido de la palabra: racional, crítico, enemigo de toda connivencia con el poder, con la corrupción, con la codicia de los ricos, con la vanidad de los jerarcas, con las pequeñeces nacionales, cercano a los débiles, sí, pero sin sentimentalismo, honesto y benéfico. Quería escribir un diccionario republicano, vaya.
Todos estos ideales, comprensibles en un estudiante, eran muy difíciles de defender cuando uno quería opinar con toda seriedad sobre el estado de las artes en su momento de agonía (¡tan extraordinariamente interesante!), sin por eso renunciar a ser honrado y verosímil. Las artes, fagocitadas durante el periodo romántico por el Arte y convertidas en otra excusa del dominio político bajo la forma de las Vanguardias, habían sido destruidas. ¿Cómo explicar que esa destrucción tenía un aspecto comprensible? ¿Cómo comprimir en un solo y mismo libro la necesidad de desaparición del arte convencional del siglo XIX, la entrada en batalla de las agresivas y heroicas vanguardias, su triunfo absoluto a partir de la Primera Guerra Mundial, y su conformismo y decadencia a partir de la Segunda hasta constituir una Nueva Academia para banqueros y políticos?
Era una tarea que superaba mis posibilidades. Desde que era un crío, yo me había tomado muy en serio la entrega de los humanos a esa actividad que llamamos "arte". Tenía para mí que en la España que yo había conocido no se me parecía gente más viva y valiosa que Ferlosio, Claudio Rodríguez, Benet, Saura, en fin, no tiene sentido dar nombres porque los había a cedazos, gente que dedicaba su vida a buscar la forma de su experiencia, la de vivir bajo unas circunstancias, con unos congéneres, en un tiempo, unas condiciones y unas tragedias o comedias irrepetibles. Yo entendía la augusta tarea de los científicos, de los técnicos, de los cosmólogos y de la masa inmensa que trabajaba para que fuera posible esa espuma sobreabundante que es el pensamiento en su forma sensible, nuestro significado en forma material, pero no pudiendo dar cuenta de la totalidad del océano, decidí por lo menos comentar mi experiencia de la espuma.
Comencé, por lo tanto, a escribir un diccionario con la frescura de no haber definido previamente sobre qué sistema, método o principio me iba a apoyar. Como mejor excusa tenía la de que las artes actuales no permiten una visión unitaria y por lo tanto todo ensayo o teoría es un escaso fragmento. Esto es así porque la dispersión y capricho de las artes son el exacto reflejo de la distracción y la chifladura de nuestro tiempo y de nuestras sociedades. En ese sentido las artes que nos están dando figura y representación, tan estúpidas, enloquecidas, baratas, sublimes, sarcásticas, sobrecogedoras y disparatadas, son el reflejo de nuestro tiempo como los templos dóricos de Paestum lo son de la Magna Grecia. Y por eso mismo, el actual es el arte de una sociedad sin destino, sin proyecto y obsesionada con su pasado. Un arte casi siempre satírico y la mayor parte de las veces ridículo.
Inesperadamente, cuando se publicó, el diccionario llegó a mucha gente, más de la recomendable: tuvo tres reimpresiones y ahora se presenta en una nueva edición reconstruida. Yo no había sido el culpable. ¡Quién me habría dicho a mí que la agonía de las artes iba a durar tanto tiempo! He incluido ahora alguno de sus últimos jadeos. Fascinantes, obsesivos, horripilantes.
Dije al principio que un diccionario ni tiene por qué ser un libro ni tiene por qué estar constituido por "palabras". El mejor ejemplo, en efecto, son los diccionarios On Line que suprimen categóricamente la noción de "libro" de la definición, pero debo añadir un comentario sobre los diccionarios inmateriales. El más solicitado por la generación pixelada es la Wikipedia, ejemplo supremo de diccionario enciclopédico sin consistencia en papel. Debo añadir que los diccionarios hasta ahora ofrecían una garantía que sin ser absoluta era por lo menos institucional. Uno compraba el Oxford Dictionary porque le suponía más puesto en lo que atañe al idioma inglés que el Valderrábanos Dictionary. Quizás esto es injusto y cainita, pero también es incontrovertible. El caso es que Wikipedia carece de la menor garantía, pero los estudiantes la toman como La Palabra del Señor ya que no tienen otro Señor que la pantalla. Lo cual conduce a situaciones estupendas.
Me permito concluir con una anécdota rigurosamente real y verdadera. Un muy notable novelista mexicano asistía a su presentación madrileña en un establecimiento de augustas e históricas pretensiones. La presentadora desgranaba las virtudes del novelista con verdadera unción, hasta llegar a la lista de sus publicaciones, momento en que consultó una chuleta. Y entonces dijo: "Sus dos últimos libros son Chúpame la interminable y Mis historias homosexuales, ambas con amplia aceptación de público y crítica".
Imperturbable, el novelista mexicano tomó entonces la palabra, agradeció a la presentadora sus amables y sin embargo sinceras palabras, y añadió que también agradecía a Wikipedia la inclusión en su currículo de esas dos últimas y exitosas novelas que de inmediato se iba poner a escribir.
Ya me gustaría que mi diccionario diera pie para una historia tan hermosa.
Así, por ejemplo, María Moliner comienza diciendo: "Libro en que se da una serie más o menos completa de las palabras de un idioma, etcétera". Definición perfectamente insuficiente e incluso errónea. Ni tiene por qué ser un libro, ni son "palabras" lo que lo componen. Casi calcada es la entrada de Manuel Seco en su utilísimo diccionario del español actual. ¡Qué diferencia, ¿verdad?, con el Petit Robert, que nos traslada al universo de la exactitud!: "Conjunto de palabras dispuestas según un orden convencional que da definiciones o informaciones sobre los signos". Aquí se hace conspicua la diferencia: los diccionarios no ordenan palabras sino signos. ¿Quizás conceptos? No siempre: hay diccionarios de imágenes, como los del sistema Duden. El Oxford, por su parte, es pragmático a la manera británica y sólo describe el uso de un diccionario, aquello para lo que sirve, su utilidad, pero no su naturaleza o esencia. El de la Real insiste en lo anterior sobre el "libro" y las "palabras".
¿Por qué nuestros diccionarios redactan de modo tan tosco el concepto que los define y sustenta? ¿Cómo puede ser que un diccionario no se ocupe como tarea primera de su propia definición? ¡Ah, es tan nuestra esta exigencia! Podemos opinar sobre absolutamente todo hasta llenar un diccionario completo, pero que nadie nos pida responsabilidades. Nosotros estamos libres de toda culpabilidad. Podemos decir de un modo apodíctico lo que los otros son, pero que no se nos exija saber quiénes somos nosotros, desde dónde hablamos, con qué autoridad. Nuestra obsesión es poner una etiqueta a los demás, especialmente a quienes consideramos que no son como nosotros, pero que nadie ose definirnos o clasificarnos porque entonces le morderemos la yugular.
Así que hace unos años pensé en escribir un diccionario donde no cupiera la entrada "Diccionario". Soy tan irresponsable como cualquier colega, me dije, de modo que voy a definir apodícticamente todo lo relacionado con las artes, pero no me voy a justificar, ni voy a explicar quién soy, desde qué tarima hablo, ni qué intereses me mueven. En este país nadie se justifica, ¿por qué iba a ser yo el primero en hacerlo? Y me lancé a escribir un Diccionario de las artes no sin preocupación, pero con cierta nonchalance.
Lo hice persuadido de que escribía en la más completa libertad, como el niño que subido en su caballo de madera y esgrimiendo la espada de cartón va decapitando campeones y derrotando regimientos sin esfuerzo; con la graciosa ayuda de un gesto, de una leve fatiga al cabo del ejercicio, así me lancé a la tarea. "Hoy he derrotado a los blindados del general Rommel", le dice el entusiasmado infante a su padre que bastante tiene con rellenar las hojas de Hacienda, y así me sentía yo escribiendo el Diccionario de las artes que hoy se reedita con notables cambios, aconsejados por quince años en los que las artes han sufrido su último y definitivo infarto. Hoy ni las artes son lo que siempre habían sido (no lo eran desde hacía decenios), ni hay ya la menor esperanza de que vuelvan a serlo. Y añado: ¡por fortuna! No es cierto que todo tiempo pasado sea mejor, es la memoria la potencia que mejora y adorna lo que sin duda fue tan efímero y tan pocovale como el presente. La memoria es la orquesta que pone música a los muertos y a los humanos nos encantan los entierros.
Estaba entonces, cuando la primera redacción, viviendo en París gracias a la generosidad de Sánchez Albornoz, en aquella época en la que aún era posible ser socialista en España sin tener que disculparte, e incluso en la que uno podía sentirse orgulloso de serlo. Mi diccionario tenía que ser socialista en el viejo y noble sentido de la palabra: racional, crítico, enemigo de toda connivencia con el poder, con la corrupción, con la codicia de los ricos, con la vanidad de los jerarcas, con las pequeñeces nacionales, cercano a los débiles, sí, pero sin sentimentalismo, honesto y benéfico. Quería escribir un diccionario republicano, vaya.
Todos estos ideales, comprensibles en un estudiante, eran muy difíciles de defender cuando uno quería opinar con toda seriedad sobre el estado de las artes en su momento de agonía (¡tan extraordinariamente interesante!), sin por eso renunciar a ser honrado y verosímil. Las artes, fagocitadas durante el periodo romántico por el Arte y convertidas en otra excusa del dominio político bajo la forma de las Vanguardias, habían sido destruidas. ¿Cómo explicar que esa destrucción tenía un aspecto comprensible? ¿Cómo comprimir en un solo y mismo libro la necesidad de desaparición del arte convencional del siglo XIX, la entrada en batalla de las agresivas y heroicas vanguardias, su triunfo absoluto a partir de la Primera Guerra Mundial, y su conformismo y decadencia a partir de la Segunda hasta constituir una Nueva Academia para banqueros y políticos?
Era una tarea que superaba mis posibilidades. Desde que era un crío, yo me había tomado muy en serio la entrega de los humanos a esa actividad que llamamos "arte". Tenía para mí que en la España que yo había conocido no se me parecía gente más viva y valiosa que Ferlosio, Claudio Rodríguez, Benet, Saura, en fin, no tiene sentido dar nombres porque los había a cedazos, gente que dedicaba su vida a buscar la forma de su experiencia, la de vivir bajo unas circunstancias, con unos congéneres, en un tiempo, unas condiciones y unas tragedias o comedias irrepetibles. Yo entendía la augusta tarea de los científicos, de los técnicos, de los cosmólogos y de la masa inmensa que trabajaba para que fuera posible esa espuma sobreabundante que es el pensamiento en su forma sensible, nuestro significado en forma material, pero no pudiendo dar cuenta de la totalidad del océano, decidí por lo menos comentar mi experiencia de la espuma.
Comencé, por lo tanto, a escribir un diccionario con la frescura de no haber definido previamente sobre qué sistema, método o principio me iba a apoyar. Como mejor excusa tenía la de que las artes actuales no permiten una visión unitaria y por lo tanto todo ensayo o teoría es un escaso fragmento. Esto es así porque la dispersión y capricho de las artes son el exacto reflejo de la distracción y la chifladura de nuestro tiempo y de nuestras sociedades. En ese sentido las artes que nos están dando figura y representación, tan estúpidas, enloquecidas, baratas, sublimes, sarcásticas, sobrecogedoras y disparatadas, son el reflejo de nuestro tiempo como los templos dóricos de Paestum lo son de la Magna Grecia. Y por eso mismo, el actual es el arte de una sociedad sin destino, sin proyecto y obsesionada con su pasado. Un arte casi siempre satírico y la mayor parte de las veces ridículo.
Inesperadamente, cuando se publicó, el diccionario llegó a mucha gente, más de la recomendable: tuvo tres reimpresiones y ahora se presenta en una nueva edición reconstruida. Yo no había sido el culpable. ¡Quién me habría dicho a mí que la agonía de las artes iba a durar tanto tiempo! He incluido ahora alguno de sus últimos jadeos. Fascinantes, obsesivos, horripilantes.
Dije al principio que un diccionario ni tiene por qué ser un libro ni tiene por qué estar constituido por "palabras". El mejor ejemplo, en efecto, son los diccionarios On Line que suprimen categóricamente la noción de "libro" de la definición, pero debo añadir un comentario sobre los diccionarios inmateriales. El más solicitado por la generación pixelada es la Wikipedia, ejemplo supremo de diccionario enciclopédico sin consistencia en papel. Debo añadir que los diccionarios hasta ahora ofrecían una garantía que sin ser absoluta era por lo menos institucional. Uno compraba el Oxford Dictionary porque le suponía más puesto en lo que atañe al idioma inglés que el Valderrábanos Dictionary. Quizás esto es injusto y cainita, pero también es incontrovertible. El caso es que Wikipedia carece de la menor garantía, pero los estudiantes la toman como La Palabra del Señor ya que no tienen otro Señor que la pantalla. Lo cual conduce a situaciones estupendas.
Me permito concluir con una anécdota rigurosamente real y verdadera. Un muy notable novelista mexicano asistía a su presentación madrileña en un establecimiento de augustas e históricas pretensiones. La presentadora desgranaba las virtudes del novelista con verdadera unción, hasta llegar a la lista de sus publicaciones, momento en que consultó una chuleta. Y entonces dijo: "Sus dos últimos libros son Chúpame la interminable y Mis historias homosexuales, ambas con amplia aceptación de público y crítica".
Imperturbable, el novelista mexicano tomó entonces la palabra, agradeció a la presentadora sus amables y sin embargo sinceras palabras, y añadió que también agradecía a Wikipedia la inclusión en su currículo de esas dos últimas y exitosas novelas que de inmediato se iba poner a escribir.
Ya me gustaría que mi diccionario diera pie para una historia tan hermosa.
Félix de Azúa
20 de mayo de 2011.
viernes, 3 de junio de 2011
jueves, 2 de junio de 2011
Ex libris

Los ex libris son marcas de propiedad, ya sean estampas, etiquetas o sellos, que se colocan generalmente en el reverso de la cubierta de nuestros libros. Lo normal es que contengan la locución latina “Ex libris” (son menos frecuentes los “Soy de” o “Ex biblioteca”) seguida del nombre del dueño, a menudo con una ilustración personalizada y, más raramente, con una leyenda o lema que recoge un pensamiento o frase célebre de su gusto y que le definen (Delgado Casado, J.). Una variante peculiar es el superlibris o supralibros, constituido por un escudo nobiliario o un monograma, que se estampaba ricamente dorado sobre las encuadernaciones de los li
bros antiguos.
Existen distintas formas de clasificación de los ex libris, ya sea por sus técnicas de reproducción, por la evolución histórico-estilística o por su diversidad temática. Las técnicas de ejecución varían desde la xilografía, el grabado a buril, el aguafuerte, calcografía, litografía, serigrafía, fotograbado o diseño infográfico, por lo que podemos afirmar que, a día de hoy, Photoshop y buril conviven y se complementan a la perfección para grabar sellos de caucho o goma.
Todos los estudiosos parecen coincidir en que el ex libris más antiguo conocido es un ejemplar de cerámica esmaltada del faraón Amenofis III (XVIII dinastía, XIV a.C.) y que sería empleado para marcar los estuches de rollos de papiro de su biblioteca. Ya en Mesopotamia, en las tablillas cuneiformes de la Biblioteca de Asurbanipal era usual encontrar a modo de colofón maldiciones e invectivas para combatir el robo y el vandalismo: “que la ira de Asur y Ninlil borren para siempre su nombre y su simiente de la tierra”, “que quien la robe (la tablilla) quede ciego/sordo” En bibliotecas monacales medievales italianas
habremos de encontrar inscripciones manuscritas que exigen la devolución del libro con soflamas parecidas. Los libros de los monarcas del Medievo también tenían sus inscripciones de propiedad, siendo la inscripción ibérica más antigua una del rey Fruela I de Asturias (757-768), documentada en un santoral ovetense con el texto “Froyliani principis liber”.
La Alemania de la 2ª mitad del XV es la cuna de la imprenta, y por lo tanto también del ex libris impreso. El más antiguo (1470) es el ejemplar “parlante” del capellán bávaro Hans Igler. Su grabado xilográfico representa a un erizo (“Igel” en alemán significa erizo) coronado por una filacteria gótica con el juego de palabras: “Hanns Igler das dich ein igel kuss” (Hans Igler te da un beso de erizo.
Le sigue a la zaga el del monje Hildebrand Branderburg de Biberach (1480) quien donase al monasterio cartujo de Buxheim cierto número de libros. Cada libro donado por él presenta grabado un ángel tenante con su escudo de armas coloreado a mano. Al lado de cada uno de sus ex libris el monje anotó además de qué libro se trataba.
La relevante escuela de grabadores alemanes de fines del siglo XV
e inicios del XVI cuenta entre sus filas con artistas de la calidad de Alberto Durero (autor del primer ex libris con data en plancha), Lucas Cranach, Hans Burgkmair, Hans Holbein, Jost Amman, etc.
bros antiguos.Existen distintas formas de clasificación de los ex libris, ya sea por sus técnicas de reproducción, por la evolución histórico-estilística o por su diversidad temática. Las técnicas de ejecución varían desde la xilografía, el grabado a buril, el aguafuerte, calcografía, litografía, serigrafía, fotograbado o diseño infográfico, por lo que podemos afirmar que, a día de hoy, Photoshop y buril conviven y se complementan a la perfección para grabar sellos de caucho o goma.
Todos los estudiosos parecen coincidir en que el ex libris más antiguo conocido es un ejemplar de cerámica esmaltada del faraón Amenofis III (XVIII dinastía, XIV a.C.) y que sería empleado para marcar los estuches de rollos de papiro de su biblioteca. Ya en Mesopotamia, en las tablillas cuneiformes de la Biblioteca de Asurbanipal era usual encontrar a modo de colofón maldiciones e invectivas para combatir el robo y el vandalismo: “que la ira de Asur y Ninlil borren para siempre su nombre y su simiente de la tierra”, “que quien la robe (la tablilla) quede ciego/sordo” En bibliotecas monacales medievales italianas
habremos de encontrar inscripciones manuscritas que exigen la devolución del libro con soflamas parecidas. Los libros de los monarcas del Medievo también tenían sus inscripciones de propiedad, siendo la inscripción ibérica más antigua una del rey Fruela I de Asturias (757-768), documentada en un santoral ovetense con el texto “Froyliani principis liber”.La Alemania de la 2ª mitad del XV es la cuna de la imprenta, y por lo tanto también del ex libris impreso. El más antiguo (1470) es el ejemplar “parlante” del capellán bávaro Hans Igler. Su grabado xilográfico representa a un erizo (“Igel” en alemán significa erizo) coronado por una filacteria gótica con el juego de palabras: “Hanns Igler das dich ein igel kuss” (Hans Igler te da un beso de erizo.
Le sigue a la zaga el del monje Hildebrand Branderburg de Biberach (1480) quien donase al monasterio cartujo de Buxheim cierto número de libros. Cada libro donado por él presenta grabado un ángel tenante con su escudo de armas coloreado a mano. Al lado de cada uno de sus ex libris el monje anotó además de qué libro se trataba.
La relevante escuela de grabadores alemanes de fines del siglo XV
e inicios del XVI cuenta entre sus filas con artistas de la calidad de Alberto Durero (autor del primer ex libris con data en plancha), Lucas Cranach, Hans Burgkmair, Hans Holbein, Jost Amman, etc. Del siglo XV al XVIII el blasón heráldico es el protagonista indiscutible, ya que las bibliotecas particulares eran escasas y pertenecían generalmente a nobles y eclesiásticos. Su hegemonía temática irá siendo sustituida de forma muy paulatina por los motivos alegórico-simbólicos.
Desde 1700 hacen aparición los paisajes y escenas de naturaleza idealizada. A partir de 1800 asistimos además a la afirmación de una pujante burguesía culta, poseedora de surtidas bibliotecas personales, y con unos gustos más variados y modernos. Tal es así, que el verdadero florecimiento artístico y coleccionista del ex libris tiene lugar con la irrupción del movimiento modernista y de sus distintas corrientes europeas (Art noveau, Liberty, Jugendstil)
con artistas de la talla de los británicos del Art and Crafts, como Edward Burne-Jones y Walter Crane (interesados en la vuelta a las primitivas técnicas de la imprenta artesanal xilográfica) y los marcados contrastes del blanco y negro con estética Secession de los vieneses Kolo Moser, Gustav-Klimt. El gusto modernista dejará pronto paso a los Expresionismos, Futurismos y Surrealismos, todos los “ismos”, en fin, que nos llevan al “todo vale” contemporáneo.
En la exlibriística existen tantos temas iconográficos como podamos imaginar, pero casi nunca son exclusivos, ya que a menudo distintos
aspectos aparecen mezclados entre sí. Podemos encontramos pues con ex libris heráldicos, parlantes, animalísticos (la fortaleza del león, la lechuza sabia, la astucia de la serpiente, etc.), mitológicos, paisajísticos, arquitectónicos, de profesiones (paletas de pintor, balanzas judiciales, copas y serpientes de medicina y farmacopea), cervantinos, librarios, tipográficos, musicales, eróticos, macabros (la vanitas, las jóvenes acechadas por esqueletos con clepsidras evocan la caducidad de la belleza y de la vida) y un largo etc.
Los
coleccionistas de fines del XIX y 1ª mitad del XX tienen el mérito de llamar la atención sobre los ex libris 
como parte integrante del patrimonio cultural, pero son también responsables de que los libros puedan llegar a ser sistemáticamente mutilados cuando estampas y sellos se retiran sin ninguna consideración, privándonos así de un pedazo de la historia del libro (quiénes fueron sus propietarios o usuarios, sus posibles periplos, etc.)
En España el pionero del estudio de los ex libris (1875) es Mariano Pardo de Figueroa , conocido también por el sobrenombre de “Doctor Thebussem”, pero el impulso definitivo a la puesta en valor de los ex libris llega de la mano de la escuela catalana de artistas representada por Alexandre de Riquer, Joaquim Renart, Ramón Casals i Vernis y Josep Triado y del bibliófilo Ramón Miquel i Planas, fundador de la Revista Ibérica de Ex libris (1903-1906) Sobre estos autores y el exlibrismo en general, la Biblioteca de Cataluña ha puesto en línea una selecta exposición virtual.
Tras la Guerra Civil, la revista Saitabi de la Facultad de Filosofía y Letras de Valencia, dará origen a la “Asociación de Exlibristas Ibéricos” que, bajo la dirección de José María Gutiérrez Ballesteros, Conde de Colombí, comienza publicar la revista Ex libris (1952).
Biblioteca Nacional de España.
con artistas de la talla de los británicos del Art and Crafts, como Edward Burne-Jones y Walter Crane (interesados en la vuelta a las primitivas técnicas de la imprenta artesanal xilográfica) y los marcados contrastes del blanco y negro con estética Secession de los vieneses Kolo Moser, Gustav-Klimt. El gusto modernista dejará pronto paso a los Expresionismos, Futurismos y Surrealismos, todos los “ismos”, en fin, que nos llevan al “todo vale” contemporáneo. En la exlibriística existen tantos temas iconográficos como podamos imaginar, pero casi nunca son exclusivos, ya que a menudo distintos
aspectos aparecen mezclados entre sí. Podemos encontramos pues con ex libris heráldicos, parlantes, animalísticos (la fortaleza del león, la lechuza sabia, la astucia de la serpiente, etc.), mitológicos, paisajísticos, arquitectónicos, de profesiones (paletas de pintor, balanzas judiciales, copas y serpientes de medicina y farmacopea), cervantinos, librarios, tipográficos, musicales, eróticos, macabros (la vanitas, las jóvenes acechadas por esqueletos con clepsidras evocan la caducidad de la belleza y de la vida) y un largo etc.Los
coleccionistas de fines del XIX y 1ª mitad del XX tienen el mérito de llamar la atención sobre los ex libris 
como parte integrante del patrimonio cultural, pero son también responsables de que los libros puedan llegar a ser sistemáticamente mutilados cuando estampas y sellos se retiran sin ninguna consideración, privándonos así de un pedazo de la historia del libro (quiénes fueron sus propietarios o usuarios, sus posibles periplos, etc.)En España el pionero del estudio de los ex libris (1875) es Mariano Pardo de Figueroa , conocido también por el sobrenombre de “Doctor Thebussem”, pero el impulso definitivo a la puesta en valor de los ex libris llega de la mano de la escuela catalana de artistas representada por Alexandre de Riquer, Joaquim Renart, Ramón Casals i Vernis y Josep Triado y del bibliófilo Ramón Miquel i Planas, fundador de la Revista Ibérica de Ex libris (1903-1906) Sobre estos autores y el exlibrismo en general, la Biblioteca de Cataluña ha puesto en línea una selecta exposición virtual.
Tras la Guerra Civil, la revista Saitabi de la Facultad de Filosofía y Letras de Valencia, dará origen a la “Asociación de Exlibristas Ibéricos” que, bajo la dirección de José María Gutiérrez Ballesteros, Conde de Colombí, comienza publicar la revista Ex libris (1952).
Biblioteca Nacional de España.
miércoles, 1 de junio de 2011
martes, 31 de mayo de 2011
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domingo, 29 de mayo de 2011
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