miércoles, 19 de noviembre de 2014

Un experimento




El colectivo sueco STHLM Panda ha querido mostrar en un vídeo las reacciones de 53 personas ante semejante escena.

El experimento social es sencillo: Una pareja comparte ascensor con distintas personas y, en un determinado momento, empieza a discutir. Finalmente, el hombre agarra a la mujer con violencia, la arrincona contra la pared, la obliga a agachar la cabeza o la empuja.

De todas las personas que presencian el acto de maltrato, sólo una mujer interviene, dirigiéndose al hombre de la pareja. "Voy a llamar a la policía si vuelves a tocarla", asegura. Otra mujer intenta evitar la situación: "Disculpad, me podéis dejar salir de aquí antes de que hagáis eso...". Los demás espectadores simplemente giran la cabeza e ignoran la situación o se marchan en cuanto pueden.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Poesía y geografía. Antonio Muñoz Molina

En aquel austero comedor no estaban aún el televisor y el frigorífico que ocuparían lugares de honor unos años más tarde. Había una ventana enrejada, una mesa camilla, una repisa de obra en un rincón donde estaba la radio, un reloj de péndulo colgado de la pared encalada. El tictac del mecanismo murmuraba en la caja de madera. Los cuartos y las horas resonaban nítidos como golpes de gong. Yo leía sentado en una silla de anea, apoyando los codos en la mesa, arrimado al brasero, abrigándome con las faldillas, en la casa donde reinaba el frío durante los meses de invierno. No había un sillón ni un sofá donde echarse a leer. De noche, los mayores se quedaban dormidos apoyando la cabeza sobre los brazos cruzados. El único sitio para descansar era la cama, y la cama estaba en un dormitorio helado. Cuando yo leía en ella se me quedaban frías las manos. Sostenía el libro con una mano mientras calentaba la otra debajo del embozo.

Leía en el comedor, unas veces rodeado de la familia y otras, las menos, yo solo. Leía y estudiaba, hacía los deberes. Aprendí a aislarme en el barullo que me envolvía casi siempre: conversaciones, juegos de cartas, seriales en la radio, más tarde programas en la televisión, concursos, películas, espectáculos de variedades. Sumergido en el libro lograba un aislamiento perfecto. Cuando estaba solo tenía de fondo los sonidos de la calle y el tictac y los golpes del reloj.
Una mañana, mi abuelo materno me trajo un libro de regalo, Veinte mil leguas de viaje submarino. Conservo de él una memoria perfecta: visual, olfativa, táctil. Era uno de aquellos libros providenciales de la editorial Ramón Sopena que se encontraban hasta en las papelerías más modestas. El papel era malo, la impresión defectuosa. Las portadas se descolgaban o se despegaban muy fácilmente. Pero la editorial Ramón Sopena parecía que publicaba toda la literatura universal, a precios tan bajos que ni siquiera para nosotros eran prohibitivos. En la portada del libro de Verne se veía la silueta negra del Nautilus en las profundidades de un mar verde oscuro. La luz de su faro era un círculo amarillo. Era como estar viendo el cartel de una película, una promesa absoluta de algo, la inminencia de la lectura. Abrí el libro, me acodé sobre la mesa, sentado en la silla rígida, la espalda fría y las rodillas calentadas por las ascuas del brasero. Debía de ser una mañana laboral porque nadie entró en el comedor. Cuando levanté los ojos del libro y miré el reloj en la pared me di cuenta de que habían pasado varias horas, las once, las doce, y yo no había oído los golpes del péndulo.
En ese silencio primordial de las grandes lecturas resplandecieron para mí las novelas de Jules Verne. Lo sentimos tan cercano que se nos hace raro no traducir su nombre de pila. Veinte mil leguas de viaje submarino es su novela perfecta porque resume las dos metáforas centrales no solo de su literatura, sino de cualquier literatura: la inmersión, el viaje. No hay lectura que no requiera una completa inmersión ni historia que de algún modo no trate de un viaje.
De Jules Verne se dice, distraídamente, que fue un precursor de la ciencia-ficción y un visionario de las tecnologías del futuro. Pero las fantasías arbitrarias o alegóricas, a la manera de H. G. Wells, no le interesaban, y sus máquinas voladoras o submarinas unas veces carecían de fundamento y otras, más que futuristas, resultaban anticuadas para las tecnologías de su tiempo. Jules Verne, que de muy joven imitó los dramones románticos de Victor Hugo, cultivó siempre un romanticismo menos de la ciencia en sí que del descubrimiento, un entusiasmo por lo nuevo, por las maravillas tangibles que él mismo estaba viendo irrumpir en la realidad. Nacido en 1828, perteneció a la primera generación que experimentaba el ruido, el humo, la velocidad de los trenes, y luego el prodigio del telégrafo, la navegación a vapor, la fotografía, el teléfono, el fonógrafo, la impresión masiva y barata, gracias a la cual una revista ilustrada podía contener al mismo tiempo el relato de una expedición en busca de las fuentes del Nilo y los grabados que la hacían visible, o la crónica de una exposición universal en la que se mostraban maquinarias prodigiosas y danzas y tocados de los pueblos primitivos descubiertos por los exploradores y sometidos colonialmente por ellos, traídos a la metrópolis en veloces buques de vapor.
Quizá Jules Verne amaba sobre todo los mapas: la geografía era la aventura suprema del conocimiento. Lo cuenta el geógrafo Eduardo Martínez de Pisón en su último libro,La tierra de Jules Verne, que es una meditación sobre los mundos y los viajes que se contienen en todas esas novelas que él también empezó a leer de niño. La geografía es un saber que linda lo mismo con la literatura que con la ciencia, y que muchas veces se ha mezclado con la ficción, porque ha habido grandes viajeros que han sido también grandes mentirosos, y porque el impulso de la aventura y por tanto de la fábula puede ser más poderoso que el del conocimiento. Por eso atraen tanto a niños fantasiosos que quieren evadirse y quieren comprender, que sienten la misma curiosidad por lo que existe y por lo que no existe.
Leíamos a Verne siguiendo sobre un mapamundi los itinerarios exactos de sus viajeros y calculando sobre el ancho azul del Pacífico la longitud y la latitud de sus islas inventadas. Nuestro sedentarismo forzoso alimentaba la pasión por aquellos viajes que conducían a los límites del mundo, a lo más hondo de las fosas oceánicas, a la órbita de la Luna, al centro de la Tierra, a las distancias del sistema solar. Leyendo a Verne nos seducían por igual, y sin que nos diéramos cuenta, la ciencia y la literatura, el romanticismo de la precisión y la poesía de los nombres: en nuestro mundo de topónimos sabidos y presencias siempre familiares las novelas de Jules Verne nos suministraron catálogos de nombres resplandecientes, nombres de islas reales o ficticias, de ríos, de desiertos, de continentes, de plantas, especies animales, de buques, de personajes que eran más memorables en virtud de los nombres que Verne había elegido para ellos.
Dónde hay en la literatura un personaje que tenga un nombre tan misterioso y definitivo como el Capitán Nemo. Y qué novelista ha inventado títulos que ofrezcan tan tentadoramente lo que nos atrae de la literatura, la promesa de una revelación. Hay títulos y nombres que han estado siempre conmigo, tan fértiles en el recuerdo lejano como en la primera lectura. Muchos otros he vuelto a encontrarlos en el libro de Eduardo Martínez de Pisón. Él no lo dice, pero yo intuyo que gracias a Jules Verne descubrió su vocación de geógrafo. Yo le debo la mía de novelista, y quizá más todavía la vocación de lector. El gusto por el viaje inmóvil, la afición y la destreza para sumergirme muy hondo en las palabras de un libro, en mi silencio de lector submarino al que no llegan los golpes sonoros del reloj.
Antonio Muñoz Molina. 
El País. 15 de noviembre de 2014

martes, 11 de noviembre de 2014

Otoño, de Juan Ramón Jiménez

en la caída clara de sus hojas,
se lleva al infinito el pensamiento.

Qué noble paz en este alejamiento

Juan Ramón Jiménez 

viernes, 7 de noviembre de 2014

Barcino

El Ayuntamiento de Barcelona desarrolla una 'app' para tableta que permite viajar en 3D por las calles de la colonia romana del siglo III.
Todo cuanto se sabe sobre Iulia Augusta Faventia Paterna Barcino, o sea, laBarcelona romana, se puede descargar desde ayer gratuitamente en una tableta, IOS o Android, tanto da, e iniciar de inmediato un emocionante viaje en tres dimensiones a través de las calles de aquella colonia que 10 años antes del amanecer de la era cristiana fundó el primer emperador, Augusto. El Institut de Cultura de Barcelona (Icub) le ha dedicado meses de trabajo y 45.000 euros a desarrollar una aplicación que bajo una piel de aparente videojuego esconde una exhaustiva enciclopedia. Es Barcino como nunca se había podido ver y disfrutar. Un placer para estudiantes, historiadores y, por supuesto, para el simple vouyerismodel propio pasado. Una gozada.
La ciudad que recrea la app Barcino 3D es la del siglo III, justo cuando se completó la muralla, con sus 76 torres y cuatro puertas de acceso. El propósito, explicó ayer el concejal Jaume Ciurana, ha sido ser milimétricamente fiel a todo cuanto se sabe sobre aquella pacífica colonia, lo cual no es tanto como sería deseable, pues, por ejemplo, la plaza de Sant Jaume, supuesto epicentro del fórum de aquella ciudad, jamás ha sido objeto de una prospección arqueológica. Una lástima.

Interés reverdecido

En realidad, y ya era hora, el interés por Barcino ha reverdecido de un tiempo a esta parte, y en cierto modo esta aplicación informática es solo uno de los varios ochomiles que Barcelona tiene previsto hollar sobre esta materia, la romana, injustamente maltratada a veces porque se da por hecho que la gloria de la ciudad fue la medieval. Así, por ejemplo, Ciurana anunció que el próximo marzo se abrirá al público por fin la domus del número 15 de la calle de Avinyó y recordó que también está programada ya la apertura del aula basilical del subsuelo del Museu d'Història de Barcelona (Muhba).
Carme Miró, responsable del Pla Barcino y, consecuentemente, directora de Barcino 3D, celebró ayer públicamente la gimnasia intelectual que ha conllevado el desarrollo de esta app, pues en cierto modo ha obligado a repensar todo cuando se cree que se sabe sobre la Barcelona romana. Barcino -explicó, por ejemplo, Riera- está construida sobre dos y no una colina como siempre se sostiene. Está el monte Taber y está el monte sobre el que se asienta la iglesia de Sant Just i Pastor. Esa mirada topográfica ha obligado a reconsiderar una vez más el posible aspecto que tenía el fórum de la colonia, de modo que no solo se ha reorientado su posición y dimensiones («las medidas que sugirió Puig i Cadafalch no cuadran»), sino que además se sugiera ahora que aquella gran plaza central de la villa estaba distribuida en tres terrazas. Es una idea rompedora y novedosa.
Barcino 3D, en resumen, es un paseo virtual recomendable. También es un espacio de lectura, pues cada uno de los yacimientos de la ciudad está suficientemente bien explicado con textos adjuntos y con un diccionario de términos en latín que se agradece sobremanera ahora que esta lengua está más muerta que nunca en los planes de estudios. Pero lo más magnético de Barcino 3D puede que sea lo que los técnicos en la materia llaman el milagro de la georreferenciación, es decir, superponer con exactitud una imagen virtual del paso y una fotografía del presente. Merece la pena, por ejemplo, hacer ese experimento en la plaza Nova, donde aún hoy yacen los restos de lo que un día fue el acueducto que suministraba agua a la colonia Barcino. La app permite intuir qué majestuosidad segoviana tendría aquel acueducto hoy en día si aún se mantuviera intacto en pie.
La aplicación solo está disponible para tabletas. Próximamente lo estará para teléfono y para ordenador. 

martes, 4 de noviembre de 2014

lunes, 3 de noviembre de 2014

Cueva de Tito Bustillo

En la villa de Ribadesella se localiza la Cueva de Tito Bustillo. Abierta en el macizo de Ardines, se integra en un complejo kárstico sito junto a la desembocadura del Sella, en el que destacan otras cavidades como La Lloseta o la cueva de Biesca. Descubierta en 1968, se corresponde con una única galería de unos 700 metros de longitud, a la que se abren estancias anexas. Su repertorio se organiza en 11 conjuntos (algunos integran varios paneles), que reúne más de cien representaciones grabadas y pintadas que se corresponden con dos fases, una premagdaleniense (signos en rojo y escasa figuración animal) y otra magdaleniense, con zoomorfos varios y distintas técnicas. En la cueva de Tito Bustillo las representaciones rupestres van variando según las épocas y se superponen entre sí, dependiendo de las preferencias de quienes habitaron la cueva entre el 22.000 y el 10.000 a. de C. Destacan los caballos y renos que gracias al uso de distintos pigmentos y el raspado de contornos, logran una extraordinaria y viva sensación de policromía. Hay que mencionar también la Galería de los Caballos, el Camarín de las Vulvas y la recientemente descubierta Galería de los Antropomorfos. De forma complementaria se puede visitar la contigua Cuevona de Ardines (fue habitada con posterioridad a Tito Bustillo). Cuenta con una amplia sala central y es visitable todo el año. Asimismo, en las inmediaciones se encuentra el Centro de Arte Rupestre de Tito Bustillo, un edificio vanguardista en el que se ofrece una visión del conjunto de la prehistoria asturiana, aportando información y piezas de interés arqueológico, en particular de


la propia cueva con singulares recreaciones.

sábado, 1 de noviembre de 2014